martes, diciembre 16, 2025

La interestatal

Cientos, quizás miles, de trozos de vidrio templado sobre el asfalto, y otro tanto de ojos orquestando la escena. Un vehículo del revés, Indra dentro de él, con sus pelirrojos cabellos colgantes ondulados, tratando de balbucear palabras frente a los técnicos sanitarios que, aunque habituados a este tipo de situaciones, no podían ocultar su mirada de “intuyo cómo acabará esto”, a la par que trataban de hacer algo por ella.

--------------

Estoy sudando dentro de este traje presurizado. Aunque admito que es más por saber del frío que hace fuera, y por la oscuridad que me rodea, la cual me hace dudar de mi existencia. Ciertamente, hace mucho que salí del alcance de las cámaras. Intenté agarrarme a la cuerda, mas algo debí de hacer mal, porque advertí que el simple roce de la nave me catapultaba lejos de ella, como fuerza imantada de repulsión.

--------------

—¿Cómo te llamas? ¿En qué parte de tu cuerpo notas dolor? Si no puedes hablar, te haremos preguntas de sí: un parpadeo, y no: dos parpadeos. Tranquila. Te vamos a ayudar. 

Ella tenía claro que se encontraba atrapada por las extremidades inferiores, esas que tanto la habían llevado de aquí para allá —las mismas que la ignoraban y continuaban cuando parecía que su mente se rendía—.

Los auxiliares debían esperar a que llegaran refuerzos. A pesar de un ligero olor a combustible, la calma y calidez aprendida de sus voces al dirigirse a ella no se veía alterada. Movió una mano que fue recogida por Mauro, un veterano de veintinueve años, edad emocional: cuarenta y dos. Un agarre que en esos momentos era, sin duda, un anclaje a la vida, un “no estás sola”, un “sigue luchando”.

--------------

Así que levitar en real ingravidez era esto. El todo plagado de luces centelleantes. Lo hicimos genial en cabina, centrándonos cada uno en nuestras capacidades para lidiar con los primeros fallos operativos del sistema. Tanto, que no pude evitar convencerlos de que era yo la que debía salir, en el momento en el que se encendió aquel piloto rojo y supe que la cosa se iba a poner seria. Conseguí que el arrogante Oleg me enviara al infierno. Al infierno de Ío, respondí yo, y todos rieron. Creo que sí, que Júpiter no me queda lejos. Y la verdad es que su luna más volcánica, entre auroras de sodio, azufre y oxígeno, me parece un buen espectáculo final. Tenemos mucho en común ahora mismo, su corteza esconde calientes océanos de lava.

--------------

Mauro escuchó como se agitaba la multitud a su alrededor, habían llegado también los bomberos. 

—Veamos, lo primero: desalojar y acordonar la zona en un radio más amplio. Debemos hacer esto con precisión, pero sin demora. 

Un hombre y un niño habían llegado al lugar, se identificaron como la familia de Indra y quisieron acercarse. 

—Vd. sí puede, aunque el pequeño mejor que espere aquí, o que alguien lo acompañe a la cafetería y le ofrezca un chocolate caliente. 

Justo pareció cooperar y al primer gesto de relajación de los implicados, echó a correr hacia el automóvil. Momento en el que fue interceptado por Clara, compañera de Mauro, que se lo llevó en brazos, rebajando su agitación y pataletas a sollozos.

--------------

Quién iba a pensar que una consciencia insignificante y solitaria iba a estar flotando en la vasta infinitud del universo. Soy un maldito ser despreciable. No, no me voy a culpabilizar por haber dejado atrás a Joel, porque desde que nací supe que quería estar aquí y así le eduqué a él también, para que fuera siempre a por todas. Además, con su padre estará a salvo, él sí que tiene los pies en la tierra. Hasta que le toque marchar, porque al final solo es una cuestión de tiempos, siendo estos tan encorsetados en la Tierra. Siento un hormigueo en los brazos, los labios entumecidos. Lo que daría por un vaso de agua en este instante, ¿he dicho uno?, que sean tres.

En realidad, tengo muchas almas admiradas aquí arriba, ¿o debería decir abajo? En mi particular guerra fueron cayendo unos y otros; conforme más me tocaba aprender a decir adiós, menos ganas tenía de decir hola. Pero a día de hoy, imagino ríos de gente que entran y salen: unos alzan los brazos o arquean las cejas, otros, en cambio, se encogen de hombros en un gesto rápido de aceptación.

--------------

—¡Aguanta! Ya estamos casi, sé que suenan terribles esos taladros, sin embargo, son los que van a permitir sacarte de ahí. 

El olor a cables quemados, junto a nubes de humo y polvo, deshumanizaban el lugar.

—Esa pierna, hay que detener la hemorragia. Ha perdido el conocimiento, ¡rápido!, colocadle el respirador, ¡debemos llevarla al hospital! 

--------------

Esta semana olvidé enviarles la sugerencia de menú mediterráneo semanal. Era mi manera de convencerme de que sigo formando parte de sus vidas. Espero que no me lo tengan en cuenta, que no me guarden rencor. Mario nunca les quita la piel a los tomates confitados y Joel la escupe.

¿Qué es aquel destello blanco, una supernova? Viene directo hacia mí. Espera, puedo explicarlo: las capas externas en caída libre hacia su interior chocan contra el denso objeto recién creado y rebotan.

—Indra, ¿puedes oírme, cariño? Joel también está aquí. 

Sus ojos se abrieron, como una persiana que tras la noche se levanta lentamente, mientras va dejando que la luz invada con suavidad y determinación toda la estancia. Quedando en silencio, abrazados, atrapados en la emoción más atemporal e imperecedera de sus vidas.