Estaba acabando de preparar la mochila, llevaba lo necesario, pero pesaba demasiado. Esta vez eran dos días y no quería castigar mi espalda en exceso. De todas maneras, siempre es mejor una carga física que una emocional, esas sí que ni te las comes ni te las bebes ni te resuelven nada. Decisión: la linterna dinamo y las chanclas de río, fuera.
Quedamos donde siempre: en la farmacia de la esquina, siete de la mañana,
aún de noche. Menos mal que él era de lo más puntual, quizás para ahorrarse mis
cinco minutos de reprimenda en caso de no serlo. Fueron unos trescientos km, yo
prefería autopista, él puertos de montaña. Por suerte llevamos los deberes
hechos, cada uno su lista de Spotify.
Estacionamos y tras un par de horas de treking llegamos a la cueva. Él era experto
en interiores, en cambio lo mío siempre fueron los espacios abiertos, llenar
los pulmones, la luz del sol. Esta vez me convenció para hacer el desvío de la gruta,
dijo que serían nuevas sensaciones para mí y que no lo iba a olvidar jamás.
Dejamos casi todo camuflado bajo unos arbustos con la idea de recogerlo al
salir y llevamos solo lo indispensable.
No sé qué extraño magnetismo había ahí dentro, pues lo primero que noté es
que estaba mareada, como si me hubiera bebido tres vinos (o uno, que hacía
mucho que no probaba el alcohol), después me entraron sudores fríos y náuseas.
Gael me dijo que era normal en lugares como ese, en los que había que
habituarse a los cambios bruscos de temperatura. En unos minutos pareció que ya
estaba mejor, salvo que de pronto el túnel se estrechó.
—¿Seguro que es por aquí?
—Claro, confía en mí. No te asustes ahora, eh —me soltó. Acto seguido comencé
a temblar.
—¿Por? —pregunté.
—Ahora tendremos que bajar y jugar un poco con la respiración, aunque será
rápido y en seguida se abrirá el camino, además de que no te arrepentirás, pues
hay una sorpresa al otro lado —me dijo.
—No estarás hablando de exhalar cuando no pasas... Estás de broma.
—Sí y no. Debemos atravesar un sifón.
El caso es que creí que iba a morir ahí mismo, menos mal que pronto pasó
todo. Al otro lado había un pequeño lago y aquello era un festival de
luciérnagas. No me hizo sentir todo lo bien que hubiera querido, pues, aun
habiendo consultado la previsión y sin pronóstico de lluvias, agua y cueva no
eran palabras que me gustaran en la misma frase. Bien es cierto que todos
tenemos nuestros fantasmas y que yo estuve a punto de ahogarme cuando tenía
ocho años, cuando se me llevó la
corriente en un río de aguas bravas.
Seguimos con el itinerario previsto, ahora la vía se bifurcaba y por
primera vez se puso serio.
—¿Qué ocurre, Gael?
—Nada, vamos a hacer una cosa: tú espera aquí unos minutos y déjame
comprobar algo. En seguida vuelvo a por ti y así nos aseguramos de coger el
desvío correcto.
—¿En serio? ¿Me vas a dejar aquí? De eso nada.
—Es lo mejor, créeme.
Pasaron los minutos, se convirtieron en horas y yo comencé a notar una opresión
en el pecho. Malos presagios me
invadieron, tengo esa cruz, lo peor siempre llama a mi puerta. Grité su
nombre sin respuesta. “No te bloquees, Julia”, me dije. ¿Qué opciones tenía si
no volvía? ¿Cómo iba a ayudarle si estaba en apuros? Tampoco sabía si sabría regresar
sola. Además, estaba aquel paso complicado. El reloj avanzó amenazante. Comencé
a llorar de impotencia, qué mala idea había sido todo esto.
De pronto escuché una voz. Era más fuerte que mis propios latidos que ya de
por sí me ensordecían. “¿Eres tú, Gael?”. Tenía la sensación de que algún tipo de energía en la negrura de la
cueva tiraría de mí y me llevaría; sueños recurrentes que tenía desde niña,
cuando mi abuela me explicaba aquellas historias sobre el cielo y el infierno.
Ojalá creerlas todavía y tener la fe de que alguien me iba a proteger. Si retrocedía
para salir y pedir ayuda podría ser demasiado tarde para él, así que decidí avanzar.
El paso se hacía relativamente fácil hasta que de pronto finalizaba, como
en un laberinto. Comencé a hiperventilar, aquello era imposible. Se fue por
allí, estaba segura, no había encontrado ninguna otra alternativa. La luz de mi
frontal era ahora más débil e inestable. “¡Dios, por qué me dejé la dinamo!”.
Miré con más atención y vi que de una pared caía una escalera de cuerda. No se
veía lo que había arriba, parecía que doblaba hacia otro entrante. Me disponía
a subir cuando me detuve en seco: observé que se movía. Unos pies descendían
por ella. “¡Menos mal que estás ahí!”, me dije. Aunque en cuanto vi que no eran
sus Salomón de rayas rojas se me heló la sangre. Di media vuelta y salí
corriendo. Traté de esconderme en un hueco y apagué la luz.
Escuché sus pasos contundentes, apresurados. Dejé que se alejara y volví
para ir a buscar a Gael. Traté de subir la escalera, resbalé, caí y me di un
golpe seco en la rodilla; la tensión y el propósito hicieron que obviara el
dolor en ese momento. Lo intenté
de nuevo y me alegré de poder hacerlo porque mi amigo estaba allí arriba en el
hueco, tirado en el suelo, pero vivo. Era un espacio más bien reducido, con el
techo de poca altura; una especie de madriguera con algunas rocas grandes
alrededor que lo custodiaban. Le ayudé a incorporarse, le di un poco de agua y
me dijo, “volverá”. Por lo tanto, se nos ocurrió que yo me escondería y le
golpearía desde atrás con su piqueta. Esperamos unos quince minutos y me
quedé petrificada. La mente regresó por un instante a mi yo de niña, cuando en
la granja cogieron aquel conejito con el que hacía un rato había estado jugando
y nos lo sirvieron para cenar. No hice nada para impedirlo.
Aquel hombre subió al encuentro de su presa. Encendió una pequeña lámpara,
ahora podía verle mejor desde el recoveco en el que me ocultaba: no era muy alto,
pero sí robusto, iba vestido con un pantalón y sudadera negros, llevaba el
cabello desgreñado sobre los hombros. Entonces se agachó y cogió de los pelos a
Gael. Su bramido de dolor me hizo reaccionar. Le golpeé en la cabeza y con la
escabrosa duda de no saber si lo habría matado, nos ayudamos a bajar y fuimos
decididos hacia la salida, arrastrando mi pierna ensangrentada, deshaciendo el
camino andado.
Después de aquello no recuerdo mucho más. Me desperté en el hospital. Vi a mi
compañero junto a mi cama, adormecido en una butaca:
—¿Lo he matado?, ¿he matado a un hombre? —le pregunté.
—¿A quién, Julia?
Traté de reconstruir con él lo que había pasado y me dijo que a los pocos
minutos de entrar en la cueva me desmayé. Y que al ver que no era fácil hacerme
recobrar la consciencia llamó a los equipos de rescate, quienes me ingresaron
una noche para asegurarse de que estaba bien. Sin embargo, tengo un dolor
descomunal en la rodilla, veo que me han puesto puntos y encontré un trozo de
cuerda de la escalera enredado en un remache de mi bota.
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