Siempre fue bastante abierta de mente, pero cuando recibió aquella llamada sus oídos no daban crédito. Iba con prisas por el barrio del Born, buscando un cajero donde conseguir cambio, pues Judith llevaba reservas y cuentas en un restaurante fusión, y justo estaba en su descanso. Dos intentos y nada, el selector de billetes no funcionaba y entonces comenzó a sonar Perfect day de Lou Reed. Sacó el móvil del bolso, siempre respondía a los números desconocidos, porque suponía que podía ser algo importante como el colegio de sus hijos, el consultorio médico, o aquel ex, nunca se sabe, el único que tuvo. El mismo que se le declaró en un email de mil doscientas palabras, que nunca llegó a leer porque acabó eliminado en spam. Él jamás la creyó.
Primero pensó que era un comercial, a estos los despachaba rápido, al estilo borde-amable y colgaba. Cuando siguió hablando pensó, será una broma. A sus cuarenta y dos le habían pasado ya tantas cosas que sentía el peso de la vida de una anciana de ochenta. Aunque no siempre, porque otras, dejaba salir a esa adolescente que se dejó mucho por disfrutar en el camino.
Nunca le gustaron las sorpresas, ella siempre decía que saber las cosas de antemano, para lo bueno, era felicidad adicional, y para lo malo, era verlas venir. Y es que tuvo que lamentar más que celebrar, en todo aquello que le vino de improviso. Ya ni siquiera daba explicaciones a las personas nuevas que iban entrando en su vida, aprendió a dejarse ir en esa corriente de, soy una persona normal.
-Hola mamá, sabes lo que me ha dicho Pablo, que ha sacado mejor nota en mates porque los chicos tienen más inteligencia espacial. Venga va, si el trimestre pasado saqué dos dieces y el muy chulito me dijo que era porque había copiado -le dijo su hija Sara.
Judith iba haciendo todo con la inercia del día, llevó a la niña a su clase de Aikido, y mientras esperaba a recogerla fue a comprar el material de tecnología, noticia de última hora de su hijo Rubén. Eran muy responsables, dos mellizos de doce años con carácter opuesto, pero que se adoraban y tenían unas ganas enormes de comerse el mundo. Sara soñaba con estudiar turismo, y llegado el momento, irse de intercambio a Australia para quedarse a vivir allí. ¿Por qué tan lejos? ¿No podía desear ir a Bruselas donde en caso de apuro podríamos llegar en un par de horas? Pues no, por lo visto ella pensaba con su afán de independencia, que estaría estupendamente sin su madre.
Y Rubén, él quería estudiar audiovisuales y viajar también, hacer cine, crear. Aspiraciones pequeñas no tenían, a quién habrían salido. No es que Judith no las hubiera tenido, pero sus circunstancias tuvieron muy poco que ver con las de sus hijos. Por ello le alegraba tanto que los chicos pensaran que todo era posible. Ella siempre los miraba con orgullo, mientras se repetía a modo de mantra, lo estoy haciendo bien.
Cuando llegaba Gerard a casa, se lo encontraba casi todo hecho, lo cierto es que se compaginaban de maravilla, él hacía intensivo de tardes en una planta de energías renovables, y ella de mañanas en el restaurante, pero los días le resultaban a veces interminables. Hacía tiempo que se sentían algo más lejos el uno del otro, desde que empezaron abiertamente a recriminarse errores del pasado, bendita sinceridad. Él no supo encajarlo y no dio la talla emocionalmente cuando ocurrió lo del bebé, un primer aborto que los fulminó en sus primeros años de casados. Y ella, en cuanto pudo recuperar algo de aliento, se refugió en sus hobbies y sus amigas, dejando que su relación se fuera congelando poco a poco. Aunque hicieron por entrar en calor y no llegaron a la hipotermia, seguían cuidándose mutuamente y eso les reconfortaba.
Aquella noche Judith reunió a su pareja y a sus dos hijos. Tenía que contarles algo importante, así que después de la cena relámpago, no dejó que se escabulleran como siempre al amparo de sus pantallas.
—Veréis, sabéis que soy de lo más escéptica en muchos sentidos. Pues bien, hace un par de semanas recibí una extraña llamada. No es fácil de asimilar. Una mujer me dijo que había descubierto algo y que debía compartirlo conmigo. Que ella era yo en un mundo paralelo y que, aunque pareciera una locura, tenía pruebas de ello.
—Me sorprende que hayas escuchado a una iluminada que ni tan solo conoces. Pero qué has hecho con tu yo más racional, ese que siempre te recriminaron todos –le dijo Gerard.
—Deja que me explique, que nunca escuchas. Me contó que cuando sueña es todo tan real que le asusta, que es como si estuviera viviendo una segunda vida desde el momento en el que cierra los ojos. Que le ocurren un montón de cosas de una manera bastante ordenada, incluso demasiado para ser información onírica, que sueña con repostería de alta cocina, cuando no sabe ni hacer un huevo frito, y que entonces estuvo investigando, dio con el restaurante, y seguidamente conmigo.
Debo conocerla, por lo menos para hallar una explicación lógica a todo esto. O me pongo a estudiar física cuántica de inmediato, pero las coincidencias hablan por si solas.
—Perfecto, pues vamos a verla y acto seguido te acompañaré a poner una denuncia en comisaría, para saber qué demonios quiere de nosotros esa estafadora, por haberse inventado una historia tan retorcida. A ver si va detrás de la herencia de Alberto -dijo Gerard.
Judith no cabía en su asombro, pero es que aquella mujer le estuvo relatando periodos de su vida, cosas poco comunes que le habían pasado y que muy poca gente conocía, como que en sus inicios Gerard le contaba cuentos de Asimov antes de dormir, o como cuando pensaron que tendrían que criar a un niño burbuja y resultó ser un diagnóstico equivocado. Aquello y mucho más lo había soñado su supuesta doble. No obstante, lo más increíble era que a ella le había sucedido lo mismo últimamente, sueños extraños, muy vívidos, donde no tenía hijos, sino que era alpinista profesional, cuando de hecho, le daba grima el verde y era más de ciudad que el Empire State. Pues resulta que coincidía, tal cual, con la vida real de su otro yo.
Quedaron una mañana, en el barrio gótico, bajo el pont del Bisbe. Ella pensó que así sería más fácil darle esquinazo si algo le daba mala espina, y si por el contrario le transmitía cierta confianza, siempre podrían ir a tomar algo a un lugar público, a un bar de la zona o similar.
Se levantó temprano, se dirigía al encuentro cuando un Altea doblaba la esquina y de poco no la arrolló. Dos calles más allá le caía una maceta que colgaba de un balcón. Gracias a sus reflejos de escaladora, la esquivó. Edurne estuvo al borde de la muerte en innumerables ocasiones: aludes, caídas en grietas… pero a pesar de que le quedaron algunas secuelas, como una rotura de ligamentos mal curada y un meñique fantasma, no iba a acabar con ella una plantita urbana.
No obstante, un camión de la limpieza que andaba regando las calles la adelantó, unos minutos después, pisó un adoquín mal calzado, resbaló y se golpeó la cabeza con un bordillo. Judith llegó sola a la cita y jamás volvió a soñar con ella. El universo no podía permitir, bajo ningún concepto, la convergencia de dos líneas temporales.
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