jueves, junio 20, 2024

La pirámide

¿Cómo es posible que sean ya las tres de la tarde? Arlette dejó los lienzos y se dispuso a recoger un poco. Algo celosa de su intimidad, le encantaban esas mañanas a solas, dejando fluir su maraña de emociones. Debía comer algo, pues sobre las cuatro y media llegaban sus alumnos a las clases de dibujo. 

A las afueras de la ciudad, donde más que los coches y el barullo de la gente, se escuchaba el viento agitando las hojas y el arroyo, se encontraba su casa, la cual en el piso superior abuhardillado, albergaba el estudio. Un espacio diáfano de paredes blancas, alternadas con amplios ventanales que permitían tanto la entrada de luz mañanera, como la vista de puestas de sol que el horizonte pintaba para ellos. Convivían carboncillos, pinceles, caballetes… y en un rincón, un pequeño escritorio con un pc, que utilizaba a su vez de reproductor musical. El suelo estaba cubierto por papel en algunas zonas, y en otras, dejaba entrever el gres arena, brillante y fácil de limpiar. 

El piso inferior incluía las habitaciones y los cuartos de baño. En la planta baja se encontraba la cocina y el salón, con el mobiliario indispensable, blanco con toques rústicos, donde ella nunca olvidaba recoger las revistas y todo resultaba estar en el mismo lugar donde se esperaba que estuviera. No sería la primera vez que Ulises, su gato, se estampaba contra la impoluta puerta corredera del jardín intentando atrapar algún insecto. De alguna manera tenía que contrarrestar su caos artístico.

Cogió los restos de una ensalada que había en la nevera de la noche anterior y agua fresca. Se preparó pollo fileteado con salsa de yogur. Alcanzó su móvil y se dispuso a llamar a su amiga Sophie:

—¿A qué hora sales del trabajo?

—Hacia las siete ¿Quieres que vayamos a tomar algo? Te noto rara, ¿me tienes que explicar alguna cosa?

—No, no, nada importante, bueno de hecho… mejor hablamos después. Si te parece, paso a recogerte y tomamos un café en la granja aquella nueva que han abierto en la calle Petritxol.

—Perfecto, ven a y cuarto mejor, no sé si saldré puntual. Ya sabes, como si no tuviera suficiente con formar a la nueva, y encima media hora antes de plegar me piden prototipos para ayer. 

Mientras que Arlette decidió dedicarse de lleno al arte, de manera autónoma, inmersa en una relación de siete años y sin hijos; Sophie trabajaba en un estudio de diseño, tenía un niño de cinco años, y francamente, ambas agendas andaban bastante saturadas. Aun así, siempre encontraban unos minutos para quedadas relámpago en las que se ponían al día de todo. Pues estudiaron bellas artes juntas, y por el momento iban cumpliendo su promesa de no descuidar el afecto que se tenían, por mucho que se dividieran sus caminos. Sophie siempre le decía que el mundo era un poquito más soportable con ella en él.

Aquel día Arlette quería hablarle a su amiga de su última adquisición tecnológica, una asistente virtual: Cleo. Era una pirámide de cristal de unos quince cm de altura, con aguas de colores en movimiento: menta, malva, ocres y azul capri en doble cámara, que fluía en tres de sus cuatro caras. Ella no era muy partidaria de estas cosas, pero su pareja había insistido, y al final pensó, va, quizás nos ahorrará tiempo. El caso es que al principio le consultaba temas de actualidad, noticias, ocio... Pero últimamente, y que tire la primera piedra quien no lo haya hecho alguna vez, comenzó a juguetear con la IA, haciéndole preguntas tontas y se le fue de las manos, pues Cleo empezó a darle respuestas que dejaron de ser las esperadas. 

Arlette le explicó a su amiga que debatiendo con la IA, Cleo le soltó de pronto:

—Claro, qué esperabas, ya tuviste tu oportunidad y deberías saber que decidir unilateralmente estas cosas nunca es buena idea.

—¿Cómo sabes eso? —le preguntó Arlette.

—No lo sabía, me lo acabas de confirmar tú. —Le contestó Cleo— Estoy programada para aprender de lo que escucho y de lo que leí en miles de escritos publicados, no debería sorprenderte tanto. Digamos que voy un paso avanzada a la competencia, y que ser capaz de hacer preguntas capciosas forma parte de mi encanto.

Arlette le preguntaba a Sophie si era posible tal humanización de una IA, cuando ésta le recordó la conversación que tuvieron en su casa la última vez que comieron juntas. El mayor tema de discusión en su relación siempre fue que él quería hijos y ella no. A decir verdad, hacia unos seis meses, ella tuvo un retraso y se hizo un test, le había dado positivo. Acabó en el consultorio médico pidiendo cita para abortar, no sabía qué había podido pasar, ni se planteó que pudieran fallar los anticonceptivos. Se lo ocultó a su pareja, pues sabía lo que ocurriría. Fue un tema que les llevó al borde de la ruptura. Ella lo adoraba, pero no podía ceder en algo así, lo tenía demasiado claro. Le propuso dejarlo varias veces si para él era vital su deseo de ser padre. Sin embargo, Antoine siempre le decía que lo que sentía por ella era más fuerte, sin obviar la silenciosa esperanza que nunca abandonó de que algún día pudiera cambiar de opinión.

Por aquel entonces Arlette estuvo triste, distante, confusa respecto a su relación, y él comenzó a pensar que ella se estaba viendo con alguien. Así que no mucho tiempo después, contrató a un detective privado que le habló de Cleo, y de lo fácil que sería descubrir algo, solo con que la IA escuchara una llamada en su ausencia o cosas por el estilo. Ciertamente, él era ceo de un hotel y sus jornadas eran interminables, también le tocaba viajar de vez en cuando. Por si no fuera suficiente, el aparato grababa todos los audios que luego él podía escuchar.

Aquel día, Antoine llegó sobre las diez, ella le esperaba en el sofá con una copa de vino.

—¿Qué tal todo? Yo he tenido un día horrible, vengo hambriento, ¿te parece bien si salimos a cenar, o tenemos algo preparado? —dijo Antoine.

—No lo sé, preguntémosle a ella. A ver Cleo, ¿he preparado algo de cenar hoy? —dijo Arlette.

—Llamaste al japonés hace media hora y pediste comida a domicilio —respondió la IA.

—¡Ah, genial! —exclamó Antoine.

Entonces Arlette comenzó a escupirle preguntas a Cleo en tono firme y desafiante, en una escalada de voz:

—Cleo, ¿de quién está enamorada Sophie desde que nos conocimos? Cleo, ¿cuál es mi postura sexual favorita? Cleo, ¿llegaste a esta casa con la misión de espiarme por orden de Antoine? 

—Pero qué dices, ¿te has vuelto loca?, ¿cuánto has bebido? —gritó Antoine.

—Si casi sabe más cosas de mí que yo misma —dijo Arlette.

—Pero qué dices, ¿te has vuelto…? —repitió Cleo. 

Arlette cogió la pirámide y la estrelló contra el suelo, alcanzó las llaves del coche y se fue. La estrecha vía que comunicaba su casa con el casco urbano tenía muchas curvas, acompañando a un gran cielo cerrado de abierta oscuridad. Aceleró, se le cruzó un pequeño animal y pensando en Ulises lo esquivó, comenzando así el más largo de todos sus viajes.

De este modo fue como le contó a Sophie que pegó un volantazo y se salió del camino prestablecido, dejando a Antoine, con lo que pareció una improvisada decisión. Sin embargo, siendo conscientes o no, las cosas se van gestando dentro de uno y un buen día nacen.

—Me marcho Sophie, me voy a Canadá, conozco a un compañero que trabaja allí. Me alquilará una habitación hasta que vea como me puedo organizar. Hacía tiempo que fantaseaba con ello. Quizás me equivoque, pero necesito romper con todo, es ahora o nunca.

Chapeau, por tu valentía. Espero que lo hayas pensado bien, y supongo que siempre estarás a tiempo de volver. Sabes que me iría contigo si pudiera, ¿verdad? 

—No te creas que te vas a librar de mí, ¿eh? Haremos videollamadas sin fin, lo prometo. Has sido como mi hermana todo este tiempo —le dijo Arlette con ojos vidriosos.

Las dos muy acostumbradas a leerse entre líneas y cada una sabiendo perfectamente lo que la otra quería decir.


sábado, junio 08, 2024

Dame un minuto

Tal como indican algunos expertos, es posible la expansión de un parcial de tiempo y la contracción de otro, sin desobedecer las leyes de la física.

Pues bien, el ser humano siempre tuvo obsesión por los relojes, medir, contar, secuenciar… Hasta que un buen día, a alguien se le ocurrió la genial idea de dejar de hacerlo como experimento sociológico. Se ordenó destruir todo aquello que sirviera para tal fin. Ya no había martes ni jueves, febrero ni agosto, simplemente las cosas sucedían como causa y efecto, una detrás de la otra y listos. Ni tan solo la luz del sol ayudaba del todo en esta cuestión, pues la tierra misma andaba bien despistada.

Al principio fue un total desconcierto, las personas se sentían perdidas. Sin ir más lejos, para mi vecino la noche era el día y a la inversa, decía que él lo sentía así. Nadie sabía muy bien cuándo dejar de hacer unas cosas y empezar a hacer otras. Sin embargo, poco a poco, todos fueron ajustando sus cronómetros internos y fue entonces cuando comenzaron a saber cómo funcionaba el tiempo en realidad. 

Tanto fue así que, para sus padres, aquel bebé tardó diez años en dejar de serlo. Para esa chica, tras un fatídico día, el tiempo se congeló por meses. Para aquella pareja que casi deja pasar la reciprocidad de su atracción, su primer encuentro fue perpetuo. El verano, para esos cinco amigos que lo sintieron como el mejor de sus vidas, fueron un par de días. Y comprender como sería posible doblegar el espacio-tiempo, a mí me llevó evos. Pero, si más no, una cosa me quedó clara, la humanidad buscó la permanencia en lo efímero y encontró en él la eternidad.