Tal como indican algunos expertos, es posible la expansión de un parcial de tiempo y la contracción de otro, sin desobedecer las leyes de la física.
Pues bien, el ser humano siempre tuvo obsesión por los relojes, medir, contar, secuenciar… Hasta que un buen día, a alguien se le ocurrió la genial idea de dejar de hacerlo como experimento sociológico. Se ordenó destruir todo aquello que sirviera para tal fin. Ya no había martes ni jueves, febrero ni agosto, simplemente las cosas sucedían como causa y efecto, una detrás de la otra y listos. Ni tan solo la luz del sol ayudaba del todo en esta cuestión, pues la tierra misma andaba bien despistada.
Al principio fue un total desconcierto, las personas se sentían perdidas. Sin ir más lejos, para mi vecino la noche era el día y a la inversa, decía que él lo sentía así. Nadie sabía muy bien cuándo dejar de hacer unas cosas y empezar a hacer otras. Sin embargo, poco a poco, todos fueron ajustando sus cronómetros internos y fue entonces cuando comenzaron a saber cómo funcionaba el tiempo en realidad.
Tanto fue así que, para sus padres, aquel bebé tardó diez años en dejar de serlo. Para esa chica, tras un fatídico día, el tiempo se congeló por meses. Para aquella pareja que casi deja pasar la reciprocidad de su atracción, su primer encuentro fue perpetuo. El verano, para esos cinco amigos que lo sintieron como el mejor de sus vidas, fueron un par de días. Y comprender como sería posible doblegar el espacio-tiempo, a mí me llevó evos. Pero, si más no, una cosa me quedó clara, la humanidad buscó la permanencia en lo efímero y encontró en él la eternidad.
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