Quién se puede resistir los sábados por la mañana a un zumo de naranja recién exprimido. En realidad, es todo un ritual, desde el momento en que entras en la cocina y ves la fuente con esas pelotitas naranjas que atraen tu atención. Coges cinco o seis, pues ya que te pones no vas a hacer un solo vaso, al menos que sean dos. Con un cuchillo afilado las partes por la mitad, a ojo de buen cubero. Aunque si un día te aburres, juegas a pesarlas a ver si lo hiciste bien equilibrado. La primera capa de corte es dura, la segunda, algo más blanda; pronto el cubierto se desliza suavemente hasta llegar al otro extremo, donde vuelves a notar resistencia. Cuando lucen todas abiertas y brillantes como ojos que te miran, te engatusan con su aroma y te preguntas si todavía las quieres beber o quizás te las preferirías comer.
Nada, seguimos con el objetivo inicial. Enchufamos el electrodoméstico que
girará haciendo que ellas puedan quedarse inmóviles, sujetas por tus manos
firmes y decididas. ¿Y si resulta que les gustaba más el sistema manual, donde
las hacíamos marearse hasta desaparecer? El caso es que dejamos solo la piel
para el desecho orgánico, de tal manera que pueda tener una segunda vida. El resultado
lo vertemos en un recipiente, preferiblemente de cristal, para que continúe siendo
una verdadera fiesta multisensorial. Algunos cuelan la pulpa, los más
superficiales. Otros le añaden azúcar, eso es solo para los que las consumen
fuera de temporada, cuando son insípidas. Los que saben se lo toman con pulpa y
sin azúcar, a pequeños sorbos, pues si te bebes de un trago los 200ml, todo el
trabajo habrá sido en vano, excepto para los que se conforman con que la
vitamina C corra por sus venas.
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