jueves, noviembre 27, 2025

Ethereal experience

Sí, llevaba dibujados unos hombrecillos verdes en la tira elástica de su ropa interior. De hecho, eran los encargados de mantener todo en su sitio, cada vez que una avalancha de tentadoras personalidades se acercaba a él. Pues, las que no buscaban su dinero, ansiaban otro tipo de favores.

Invariablemente habían funcionado a la perfección, hasta que un día apareció la mujercilla malva, tan diminuta como ellos. Les dejó una invitación para su fiesta en el barrio goma de encaje. Solo uno le sostuvo la mirada, justo el que se quedó sin ir. Más pronto que tarde, mujercilla malva huyó de la fiesta y fue a su encuentro. Sin llevar tal intención, aquello trascendió más allá de su vida y de su muerte. Resultó una experiencia que, sin ser divulgada en la Tierra, se hizo etérea y flotó por el universo durante un siglo de siglos.

A la mañana siguiente todos volvieron a su lugar. De resaca, pero cumpliendo con su cometido, como los buenos guardianes de tesoros que siempre habían sido.

viernes, noviembre 21, 2025

El eterno retorno

Sobre las siete de la mañana Pedro llegó al viejo polígono industrial de los Cuatro Puentes. Hacía unos diez años que la última empresa química del lugar bajó sus persianas, para no volverlas a levantar.

Entró en el gris edificio y subió las escaleras de tres en tres hasta llegar a la quinta planta. Resultaba impactante que un entorno tan falto de atractivo, de pronto, devolviera unas vistas impresionantes del mar, inmenso y azul en el horizonte, a través de aquellos enormes ventanales rotos.

Llevaba un macuto a la espalda de cuyo interior sacó: una carta manuscrita, una fotografía y una barra verde sólida y brillante. En la foto aparecía él, aunque no recordaba haberse dejado el cabello crecer hasta que sus rizos despeinados le rozaran los hombros. El escrito tenía órdenes claras y explícitas sobre lo que debía de hacer allí. Sentarse cómodamente, partir la barra y esperar. Firmado: Pedro. No dudó ni un segundo en hacerlo, tras el cual su respiración ralentizada se acopló con aquellas palpitaciones que resonaban como provenientes de un cuerpo ajeno. Le invadió una sensación de dejarse ir, sin oponer resistencia alguna. Y allí acabó todo.

Tres meses antes, germinaba la semilla que lo había llevado hasta allí. Se despertó en el sofá de su confortable apartamento en Londres. En la mesa baja frente al televisor había un par de copas manchadas de vino tinto junto a una botella vacía. Sarah entraba por la puerta con su camiseta, mallas y zapatillas de correr, dando los buenos días con una vitalidad envidiable. Era sábado y hoy no tenían compromisos ineludibles.

—¿Cómo te encuentras hoy, Pedro?

—Bien, algo aturdido nada más. ¿Dónde están los niños?

—Niños, ¿qué niños? Ah, claro. Has olvidado que los enviamos de campamento a Friburgo, cariño. La resaca golpea fuerte hoy, ¿eh? Ya te dije que no era buena idea mezclar. ¿Cuánto hacía que no bebías?

Sarah, salió a la terraza y llamó a su colega Noah:

—Escucha, está volviendo a pasar. Pedro hace alusión a los niños y nunca tuvo descendientes.

—No puede ser —contestó Noah en un tono firme y convincente.

—Aún hay más, me estuvo explicando anécdotas de cuando estuvimos en Venecia. Y sabes que yo nunca he puesto un pie en la reina del Adriático.

Sarah estuvo consultando algunas notas sobre el posible origen de esos desconcertantes recuerdos de Pedro, encontrando que escribió un diario en su infancia en el que explicaba que de mayor tendría dos niños o ninguno, porque odiaba ser hijo único. Por otro lado, sobre los treinta le salió una oportunidad laboral de trasladarse a Milán y, tras mucho dilema, decidió rechazarlo y quedarse en Londres, pues a pesar de todas las dificultades que se encontró al llegar, adoraba esta ciudad.

¿En qué punto se les fue de las manos? Pedro moría a los cuarenta, y lo volvían a clonar hasta dar con la cura de su enfermedad. Pero en algún momento, los recuerdos reimplantados una y otra vez habían comenzado a descarrilarse, y se bifurcaban hacia historias y situaciones que serían totalmente factibles, de haber tomado decisiones distintas.

Noah empezó a agobiarse de tal manera que ya se imaginaba a Pedro enviando al traste su carrera, todo aquello en lo que se había dejado la piel. Le había costado tanto conseguir el prestigio y el respeto de las autoridades. Clonar tejidos y órganos era el oficial propósito de su financiación. Durante unos años, así fue. Hasta saber que Pedro iba a morir pronto, entonces Sarah le pidió ayuda desesperada.

La primera vez que ella se lo insinuó, él se negó rotundamente tratándola de enajenada. Pero Sarah siempre acababa planteando los proyectos de tal modo que, al final, los demás le rogaban hacer lo que les había pedido inicialmente. Noah no iba a encontrar a nadie igual en toda su puñetera vida. Por lo cual, le bastaba tenerla a su lado día tras día, compartiendo su pasión por el estudio del genoma humano. Viéndola en el clímax de su desarrollo profesional, intelectual e incluso moral, en una esfera a la que ni siquiera su pareja podía soñar acercarse.

Pedro era escritor, su abanico de intereses partía del arte: música, literatura, cine y se extendía por los mares de la filosofía y el universo. Salvo la curiosidad, parecía no tener mucho en común con Sarah, para quien cada cosa debía de estar probada empíricamente. Pero al final, cuando estaban juntos, descansaban el uno en el mundo del otro y encontraban el equilibrio.

En cuanto Noah consiguió solucionar el tema de la implantación de recuerdos, supieron que era el momento de dar el paso. Este vio crecer con ello su ego científico, al mismo tiempo que la admiración de Sarah hacia él. Aunque la madrugada de un jueves que dejó de ser un jueves más, se dio cuenta de que las conexiones neuronales se cruzaban a tal velocidad que, en una milésima de segundo, bifurcaban el recuerdo en otra dirección. Al principio le pareció un problema. Tras darle muchas vueltas, empezó a ver que podría ser una manera de que Pedro volviera a su vida sin recordar a Sarah. En su utopía, la imaginaba agotada hasta aceptar la realidad actual, por fin renunciando a él.

El problema comenzó cuando al propio conejillo de indias le surgieron preguntas sobre aquello que no le encajaba. Lo primero que pensó fue que tenía algún tipo de trastorno mental por el cual confundía sueños con recuerdos. Lo atribuía a que tenía mucha imaginación y a que pasaba tanto tiempo inventando historias, que se le había desdibujado la línea entre lo que era real y lo que no. Un día, mientras escribía, se asustó de la cantidad de detalles y la facilidad con la que describió cómo acababa con la vida del colega de su mujer, Noah, sin comprender muy bien el porqué. Lo sentía como si hubiera ocurrido de verdad y lo alarmó pensar que podía haber ejecutado un acto de tal violencia. De hecho, incluso llamó al laboratorio con una excusa para preguntar por él. Sin embargo, estaba vivo, trabajando.

Sarah se encontraba un par de días fuera de la ciudad, cuando Pedro llegó mojado de la calle y fue a darse una ducha caliente. Se dio cuenta de que el falso techo goteaba. Cogió una escalera, levantó un panel y, alargando su brazo, notó una pequeña perforación en una tubería. Cuál fue su asombro al dar con un maletín. Desconcertado, lo bajó y descubrió que contenía varias unidades de memoria. Una de ellas ponía Pedro IV. Localizó la primera, descubriendo así que él no era el original. Sintiéndose como un engendro de laboratorio, golpeó el espejo cuyos pedazos reflejaban ahora fragmentos de sí mismo distorsionados. Se dejó caer al suelo, donde permaneció unas horas, mientras observaba los hilos de sangre que brotaban de sus nudillos. Más tarde, comenzando a ser más consciente de lo que acababa de suceder, reaccionó, limpió e ideó un plan. 

Descartó denunciar puesto que no tenía mucho para respaldar su credibilidad. ¿Quién iba a creer a un pobre escritor frente a unos científicos consolidados? Se decidió y preparó una carta para su próximo yo, explicando cómo debía detener todo aquel desvarío.

Llegado el momento, Pedro V encontró la carta, la fotografía y la barra verde. Programó un email para que fuera enviado con margen suficiente, dirigido a la central de inspección estatal, con la información que hasta el momento había podido recopilar. Cómo mínimo se abriría una investigación tras su muerte. Se dirigió al polígono Cuatro Puentes y, mientras sonaba en sus oídos "The man who sold the world", decidió que en esta ocasión su destino no fuera alterado, no por lo menos a espaldas de su voluntad.