En el aeropuerto la estaban esperando los de la productora con un cartel bien grande, ella sintió algo de vergüenza, pensó que eso solo lo hacían en las películas, y se dijo que por eso mismo lo estarían haciendo, mientras sonreía para sus adentros. Era doble especialista e iba a sustituir a una reconocida y exitosa actriz del momento, de hecho, había sido elegida tras un largo proceso de selección, avalada por su experiencia y alguna que otra recomendación, y quizás también algo de suerte, por qué no decirlo.
Agradeció honestamente su recibimiento, sin embargo, había alquilado ya un coche en la agencia, pensando que hasta el día siguiente no habría nada previsto y decidió dirigirse ella misma hacia el hotel.
Llevaba ya cerca de tres horas conduciendo por aquella carretera interminable y tediosa, nada que ver con el tráfico estresante de la ciudad en que vivía, París. Así que debía encontrar pronto un lugar donde tomar un segundo café o el sueño la vencería. Por fin vio algo parecido a un bar de carretera, estacionó, y al salir se dio cuenta de que su americana negra de terciopelo era insuficiente para contrarrestar la caída en picado de la temperatura al esconderse el sol. No debía de faltar mucho para llegar, una media hora quizás.
—Vd. no es de por aquí, ¿verdad? No vemos muchas caras nuevas en esta época del año, los turistas suelen venir más entrada la primavera.
Ella no tenía ganas de dar demasiadas explicaciones, así que simplemente respondió con un breve, viaje de negocios. De pronto comenzaron a escucharse unos truenos, el viento soplaba con fuerza ahí afuera y empezó a llover intensamente, las gotas golpeaban insolentemente los ventanales.
—Si quiere puede alojarse aquí mismo, en los pisos superiores tenemos algunas habitaciones. No son ningún lujo, la decoración es austera, pero están limpias y tienen lo indispensable: un buen colchón, agua caliente, toallas... Mañana temprano podría continuar su camino, no suelen durar mucho estas tormentas, si bien resulta algo peligroso conducir si uno no está acostumbrado, no es muy buena tampoco la iluminación de la vía.
—Estoy algo cansada, lo suficiente como para no rechazar su oferta, me quedaré, gracias.
Aquel sitio tenía algo que la incomodaba, empezó a percatarse de que ciertos clientes tenían un punto extraño, miradas perdidas, impersonales, no hacían contacto visual con ella, ni le decían nada. Pensó que le daba igual, que solo sería una noche y que al día siguiente se iría. Dejó sus cosas en la habitación y un ligero quejido estomacal le recordó que llevaba bastantes horas sin comer, así que mucho a su pesar decidió bajar a ver si podía cenar alguna cosa.
Pidió una crema de verduras y un bistec, el camarero aunque escueto en palabras fue amable. Le llamó la atención que en la mesa de al lado había una pareja con un niño de unos doce años, pero comían en silencio, y recordó que su hija tenía la misma edad y que no podía estar callada más de cinco minutos seguidos. Se había quedado en casa, con su padre. Qué poco le gustaba no poder estar con ella por las noches, cuando se acostaba era su hora preferida de repasar el día y contarle todo aquello que los deberes y el móvil se encargaban de aparcar.
A mitad del segundo plato hubo un repentino apagón y todo quedó en absoluta oscuridad, trató de mantener la calma, continuaba lloviendo. Le ofrecieron unas velas y subió a su habitación. Aquella noche prácticamente durmió cual animal marino, con un ojo abierto y otro cerrado, al amanecer recogió todas sus cosas y se apresuró a marcharse.
—La cuenta por favor, debo salir temprano.
—No puede irse todavía.
—Perdón, ¿cómo dice?
—Que nadie se puede ir de aquí, la puerta exterior es solo de entrada, no de salida. Se trata de un embudo dimensional, ¿sabe lo que significa?
—Jajaja, qué gracioso es Vd. Me cobra o me voy tal cual, como prefiera.
Acto seguido, notó lo que interpretó como una gota de sudor resbalando junto al oído, se secó con un pañuelo y espetó un grito desaforado al ver que había sangre en él, y esas punzadas otra vez. Quiso buscar en el navegador del móvil el hospital más cercano, pero no había cobertura. El dueño soltó una carcajada siniestra.
Decidió analizar la situación para recordarse que no estaba loca, sin poder salir ¡demonios!, la puerta no se abría, el móvil no funcionaba, aquella gente no parecía de fiar, y sentía que iba a morir ahí dentro. Se puso a inspeccionar cada centímetro cuadrado de aquel lugar. Trató de hablar con otras personas pero la ignoraban, como si no pudieran oírla.
Mientras tanto, en la reunión, la productora esperaba por ella, sabían que se encontraba en el país, aun así no habían vuelto a tener noticias suyas. Tenían que comentar algunas escenas.
Una semana después encontraron los cuerpos inertes dentro de aquel antro dejado de la mano de dios. Comentaron en las noticias que parecía haber sido obra de alguna secta religiosa, haciendo conjeturas sobre algún tipo de sacrificio.
—¿Cómo ha ido todo?
—No demasiado bien, no hemos podido contar ni un solo superviviente de entre los escogidos.
—La introducción por el oído fue relativamente sencilla, aun así, al cabo de unas semanas, los sujetos comienzan a presentar síntomas extraños, cierta pérdida de lucidez, comportamientos asociales, episodios de pánico… finalmente no pueden soportar la presión y el mismo nitrógeno les produce burbujas en distintos órganos vitales y fallecen.
La realidad era que comenzaban a encajarle las piezas del puzle. Recordó, como si de un sueño olvidado se tratase, aquel laboratorio al que se había presentado meses atrás para un ensayo voluntario, el cual pareció pagarle más generosamente de lo normal. Cierto es que le venía muy bien el dinero, y que siempre estuvo a favor de la ciencia.
Contra todo pronóstico, ella encontró un modo de escapar, olvidaron que aquel viejo edificio había sido refugio de la segunda guerra mundial y en el sótano, el cual utilizaban como lavandería, se hallaba una especie de trampilla que, una vez levantada, daba a unas escaleras, acto seguido a un túnel y voilà, al exterior.
Salió de allí totalmente desorientada, olvidó lo que le había pasado, e incluso casi quién era. Afortunadamente llevaba encima su documentación, alguien debió encontrarla y acercarla a un centro médico. Su ropa estaba sucia, su pelo despeinado, y estaban también esas ojeras que le acentuaban la mirada aturdida y cansada. Atribuyeron su estado a un golpe que se había dado en la cabeza, tropezando en los pasadizos. Tuvieron que darle algunos puntos, así que le diagnosticaron pérdida de memoria transitoria y no indagaron más.
Unas semanas después comenzó a tener flashes que le iban devolviendo la consciencia de todo lo sucedido. Pronto trató de explicarse, acudiendo a la policía. Intentó transmitir todo aquello que había vivido, pero no la creyeron. A nadie le importaron ya sus surrealistas historias sobre experimentos maquiavélicos, los cuales no parecían más que pesadillas producto de su imaginación, provocadas por no más que un shock post-traumático.
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