Esa pequeña criatura se hospedaba en un singular hotel boutique del centro. Cada noche, su menester consistía en recoger las pesadillas de los huéspedes, arrojarlas al averno y reemplazarlas por gratos sueños. De esta manera, los clientes siempre salían de allí del todo satisfechos, dejando las mejores reseñas y propinas.
En cuestiones oníricas, se había encontrado de todo. El otro día, un hombre veía a una dulce mujer sentada en un sofá y de pronto se transformaba en un terrorífico ente. Sin ir más lejos, ayer, una niña era perseguida al atardecer por un payaso hasta llegar a la playa, allí se escondía bajo los muelles mientras se le salía el corazón del pecho de las intensas palpitaciones que le producía la situación. Otro chico, el de la 109, se sentía perdido en una gran ciudad, deambulaba entre altos edificios hasta que cogía unos ascensores subiendo a gran velocidad y justo cuando pensaba que iba a morir fletado al espacio, estos le dejaban en lugares que no encajaban en absoluto con lo que se esperaba.
En fin, que allí donde los miedos se
convertían en rocambolescas metáforas, aparecía, les daba una vuelta de
tuerca, los solucionaba y adiós pesadilla recurrente que arruina las
vacaciones. No obstante, él, que hasta entonces dormía de día y nunca soñaba,
un viernes se despertó sobresaltado, condenado a revivir todas aquellas
atrocidades. Desolado, pidió auxilio a su mentor, el cual le dijo: quien pasea
mucho por el infierno corre el riesgo de quedarse atrapado en él.
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