Me levanto de la cama, sobre las seis y cuarto, después de odiar al aparato inútil que tengo por despertador, no enciendo la luz, estiro el brazo derecho a modo de escudo y con el izquierdo voy buscando la pared y tanteando los obstáculos, que son los de siempre. Así que no debería de darme cada día con la esquina de la cama, ni con la maneta de la puerta, ni tropezarme con los zapatos que dejé anoche junto a la ventana, será para no perder la costumbre de llevar algún moratón encima que olvidaré cómo me hice. Y para rematar, tengo esos malditos vértigos, así que encima voy dando tumbos como si volviera del pub de la esquina un sábado, sí, calculo que a la misma hora más o menos.
Hacer esto cuando tenía compañera de piso, y de habitación, era normal, no quería despertarla una hora antes de su hora extra de sueño, pero ahora no hay nadie a quien molestar, obviando a Greta, que sé que no me lo tendría en cuenta, por las cuatro o cinco siestas que se pega a lo largo del día. Mientras no olvide su lata de salmón con arroz antes de marcharme, me dedica sus primeros ronroneos y todo en orden con ella.Salgo al trabajo, debido a sus prisas mañaneras, varias personas se chocan conmigo, diría que es porque no soy ni demasiado guapo, ni demasiado feo, ni muy alto ni muy bajo, ni obeso ni flaco, ni visto elegante, ni barriobajero, vamos, el sueño de cualquiera. Pero lo es solo porque no lo saben, cuando estás en el lindar de la mediocridad, no te ven.
Tendría que ser la alegría de la huerta, desde que conseguí aprobar las oposiciones me dedico a lo más bonito que hay, tramitar y otorgar las prestaciones de desempleo para los ciudadanos que así lo requieren. Siendo así, y como no soy ni agresivo, ni dócil, mi tono no es excesivamente fuerte, ni flojo, escucho y dejo hablar, cada uno a su turno, cada día mantengo conversaciones breves, funcionales y superficiales con decenas de personas, para las que no sería muy distinto encontrarse con un asistente virtual holográfico. El día transcurre sin demasiados sobresaltos, de vez en cuando alguien tiene más ganas de hablar de la cuenta y se desfoga conmigo, o algún otro hizo de la ira su traje del día y me avasalló nada más llegar, como si tuviera yo la culpa de que su jefe le hiciera la vida imposible hasta que casi le suplicara el despido. Entonces, trato de contrarrestar la emoción y hago un poco de psicólogo, pero les tengo que despachar rápido porque el resto esperan, y la gente paciente, lo que se dice paciente, no es.
Hoy, como todos los martes y jueves, al salir, fui al gimnasio, nada, lo básico para mantener un poco, tonificar, bueno y no quedarme como un enclenque con barriga cervecera y echarme diez años más encima, que a mis treinta y dos tampoco estamos para salir ya del mercado. Me encontré con mi amigo Eloy, porque efectivamente, tengo muchos amigos, tengo tres, él es uno de los que mantengo de la infancia, creo que seguimos el trato porque le encanta hablar, lo hace sin descanso, y yo no me enfado casi nunca, tampoco tengo ningún afán de protagonismo de contar mis cosas, y ni qué decir tiene que no me pregunta demasiado, la verdad.
—Doy una fiesta este viernes en mi casa, algo sencillo, ya sabes, en mi línea, cenita, música, alcohol, y no más de veinte personas, no acepto un no por respuesta —dijo Eloy.
—Espero que no se repita lo de la última vez, te recuerdo que me tocó separar a un par de tíos que se peleaban por Carla, cuando ella pasaba olímpicamente de los dos, porque sigue con Pablo en la cabeza, hasta que se dé cuenta de una vez por todas, que es por ti de quien está pillada. Pero venga, allí estaré.
A veces pienso, seguramente con acierto, que me invita solo para hacer bulto, y porque queda bien alguien como yo por ahí en medio, ayudando con los aperitivos, saludando, y sobretodo no haciéndole sombra. Porque en realidad es un buen tío, pero es de los que les gusta acaparar toda la atención, lo cual no es difícil cuando eres moreno de ojos vivos, mirada resuelta, y encima sueltas eso de que estudiaste astrofísica, ya casi no necesita mucho más. Bueno sí, ese don para explicar anécdotas, esas que escucho por enésima vez, sin dejar de alucinar de que las cuente siempre como si fuera la primera.
Viernes, llego al trabajo, hoy está todo el mundo más borde de lo habitual, ni siquiera me devuelven los buenos días, me siento en mi puesto, y debe de haber algún problema informático porque el programa está enviando a la gente a todas las mesas menos a la mía. Voy a pasar un ticket de incidencia online, espera, no, por una vez, voy a disfrutar de mi momento, voy a adelantar faena de documentación y dejar pasar la mañana, si nadie repara en ello por qué iba a hacerlo yo.
Voy a casa a comer, la vecina del quinto, la única que habla conmigo, hoy ni me mira, venga va, si llevo esa camisa que me compré en Londres. Me la puse porque era la única que no tenía que planchar, aun así sé que el color verde menta con el pantalón negro me hace incluso atractivo, me atrevería a decir. No me encuentro muy bien, noto como un hormigueo, ya estoy hipocondríaco perdido, para variar. La fiesta es a las siete así que tengo tiempo de comer, y después hasta me voy a echar un rato en el sofá.
He soñado que era un gato y que saltaba por los tejados, hasta que caía por uno y no aterrizaba nunca, entonces desperté, sobresaltado y completamente aturdido. Dormí más de la cuenta. Alcanzo el móvil de la mesa -Eloy, llego un poco tarde pero estaré allí en media hora, ¿hola?, ¿me oyes?
Me ha colgado. Suena, será él de nuevo -¿Hola? Y me cuelga otra vez el tío, ¿pero qué le pasa?
Bueno, voy para allá, aprovecho a entrar justo detrás de un par de chicas que no conozco pero está claro que vienen a la fiesta, saludo, no me responden, es más, casi me dan con la puerta en las narices. Voy a la cocina -¿Os ayudo con esas bandejas? Si esto es una broma, empieza a no tener gracia.
Cojo una cerveza y la dejo caer adrede, se ponen a recogerla sin decirme nada ¡No me ven! ¡No me oyen! Voy al baño, el espejo me devuelve una cara desencajada, ¿qué está pasando?, ¿me he vuelto loco? Entro en una habitación, ahí está Carla con Eloy, no espera, es Mauro, -Carla, ¿has visto a Eloy? Siguen a lo suyo, salgo corriendo de la casa, miro a mi alrededor, me planto en la carretera, se pone el semáforo en verde y los coches aceleran, aceleran sin piedad, fundido en negro.
Siento un gran dolor por todo el cuerpo, pinchazos, presión en la cabeza, olor a sangre, estoy tendido en el suelo. Alguna vez pensé, divagando, que las personas que se sienten a menudo invisibles, un día simplemente se evaporan y nadie repara en ellas, porque no trascienden, únicamente dejan de existir, y desaparecen.
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