Qué clase de sicario al uso era, pues uno de los cuales en su día libre se preguntaba por el precio de su vida. La gente no quiere mancharse las manos, sin caer en la cuenta de que lo más mugriento que hay es hacer de dios en la tierra. Y así, sin indagar demasiado en cómo había terminado con tal grado de insensibilización, convertido en un autómata, llegó a la superficial conclusión de que lo hacía por dinero. Decidiendo lo siguiente, a partir de ahora, las cosas iban a cambiar. Cada vez que le encargaran un trabajo, pediría a la víctima una contraoferta para salvarse, devolvería lo recibido, y con el resto desaparecería.
Bonita utopía que acabaría indefectiblemente
con él en el hoyo lo antes posible. Vivir, morir…, como si acaso a él le
importara eso. Aquel anochecer, rodeado de espadas de luz empuñadas por el sol
asomando de entre los árboles, sollozó, gritó, imploró, sintiéndose atrapado en
su propia hoguera.
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