viernes, mayo 24, 2024

Los viajes de Albert

Corría por prados, bosques, collados y cimas. Su misión era detectar cualquier incendio lo más pronto posible, ir hacia él y sofocarlo. Salvar a cualquier ser viviente que pudiera estar en peligro y si divisaba al culpable, perseguirlo y expulsarlo del terreno. Y casi siempre, una vez cumplida la hazaña, aparecía ella, Drina, devolviendo la fertilidad a toda esa tierra que había quedado masacrada. Se saludaban, charlaban un rato, intercambiaban algún gesto afectuoso, y entonces él salía del juego. Albert era amante de los cómics y videojuegos, aprendió a refugiarse en la fantasía para llenar vacíos y aligerar pesos.

Vivía en un piso modesto del barrio de Campclar, en la periferia tarraconense, su madre no pudo aceptarle tal como era y se marchó, aludiendo a su incapacidad de hacerse cargo de él. Le salió trabajo en Londres y lo dejó con sus abuelos, prometiendo que algún día volvería. De su padre no supo nunca nada. Aun así, él se sentía protegido por quienes le habían querido y educado todos estos años. Pero su mundo era pequeño, ya que debido a su gran tamaño, encontraba problemas casi en cualquier situación, a la hora de sentarse en una clase, ir en transporte público, entrar en un ascensor, o incluso darse una ducha.

Sus abuelos, aunque conservaban una actitud del todo enérgica y positiva, eran ya mayores. En especial su abuela, Herminia, que trabajó casi desde que tuvo conciencia de sí misma, vivió una postguerra y sus hermanos tuvieron que emigrar. Se casó joven y tuvo una niña que sobre los ocho años le aconsejaron enviar a las montañas, con sus primos. Para salvarla de una supuesta muerte temprana, provocada por una fragilidad de las vías respiratorias que la hacía enfermar constantemente. Ella trabajaba en la ciudad cosiendo en un taller, y como disponían de pocos recursos, no se planteó dejar su trabajo. Así que su pequeña creció sin mucho apego, y su relación siempre fue algo fría y complicada.

Pasaron los años, la niña se hizo adulta, y apareció un día con un hijo que los convirtió un poco más en una familia. No obstante, de algún modo el karma se manifestó y les dejó a Albert a su cuidado. Mientras iba al colegio, no fue demasiado problema, era listo y espabilado, pero en su prematura adolescencia ya se dieron cuenta de que aquello era más que un chico de constitución grande. A pesar de que en raras ocasiones necesitó atención médica, le diagnosticaron gigantismo y le dijeron que no había más que tratamientos experimentales que no se podían permitir, ya que les supondría desplazarse a Estados Unidos. Comenzó a recluirse y, por suerte, sus demonios le hicieron recurrir al lápiz y al papel, tenía destreza dibujando y le sobraba imaginación. Así que su abuela le traía libros y cómics de la biblioteca, entre ellos su predilecto, Los viajes de Gulliver de J. Swift, y de manera autodidacta se manifestó su don. Más tarde descubrió los videojuegos por medio de sus compañeros.

Había finalizado los estudios básicos y el bachillerato con notas excelentes, así que le ofrecieron continuar su formación en artes gráficas a distancia con una beca. A duras penas podían permitirse tener internet, pero el portátil medio financiado por la academia le era más que suficiente, así que su abuela, ya jubilada, continuaba trabajando para el vecindario, haciendo arreglos de costura. Junto con la pensión también del abuelo, y el chaval, que aportaba lo que podía como paseador de perros. Su madre les enviaba dinero a veces, pero no de forma regular.

A pesar de su aspecto, en su barrio Albert se sentía seguro. Los vecinos le daban los buenos días, le preguntaban sobre sus abuelos, sobre si algún día iba a publicar sus historias. Sin embargo, él pensaba que más allá de los muros imaginarios de su ciudad, se encontraría una especie de jauría de leones que lo rechazarían y que nunca podría llevar una vida normal, como si normal significara algo.

Ideas alimentadas desde aquel día en que unos periodistas se acercaron a él y le propusieron hacer un reportaje sobre su caso. Él no las tenía todas consigo, pero pensó que les vendría bien el dinero. Cuál fue su sorpresa cuando convirtieron aquello en un circo sensacionalista, saliendo en prensa de dudosa ética, en redes y demás. Así que se recluyó y pensó que si hacía algo con su vida, debía ser desde una especie de anonimato. Y por qué no, por qué no iba a poder ser un artista libre, y llegar a tener un reconocimiento sin ser juzgado por su aspecto, por sus orígenes o por su enfermedad.

Comenzó a presentar sus trabajos a concursos de dibujo, a editores... Como fan de Neil Gaiman que era, le encantaba Sandman, motivo por el cual comenzó a firmar todo lo que enviaba con un pseudónimo: Dustin. Sin embargo, era un mundo en el que era difícil abrirse camino. Solo Drina conocía su identidad. Fue su primera amiga online, coincidían en aquel videojuego sobre incendios y planeta verde, “Elementum”. Y acabaron chateando en privado, intercambiando algunas fotos... Ella provenía de una familia más convencional pero era tremendamente fantasiosa, en contraposición a su otro lado más sensato y racional. Resulta que estaba apunto de embarcarse en una experiencia de ayuda humanitaria en Uganda, algo con lo que había soñado desde niña, así que sin más, le preguntó si se animaría a ir con ella. Albert nunca se había planteado algo así, pero le gustaba ayudar y tenía sensibilidad para reconocer los desastres del mundo, las desigualdades a menudo las sentía como suyas y se deprimía profundamente, aunque no sin venirse arriba muy pronto, con la misma intensidad.

Una vez consiguió sortear todo lo necesario, él, que nunca había salido de su ciudad, allí se encontró, rumbo al continente que vio nacer a la civilización humana. Además, con Drina fluyó todo asombrosamente bien. Estuvieron conversando sobre algunas tribus de la Patagonia donde, años ha, habían sido descubiertos unos hombres de dimensiones poco corrientes, los aónikenk. Allí su tamaño parecía no importar, aunque los demás reaccionaban con curiosidad, era tratado con toda naturalidad, obviamente tenían otras prioridades. Pasaron meses en una escuela, con niños de edades dispares, y desde luego resultó una de las experiencias más enriquecedoras que habían tenido, pues conectaron con los valores más fundamentales.

Una mañana, de un día no más importante que el anterior, estando todavía en el campamento, su amiga se apuntó a un grupo de rescate de animales con el que pasaría fuera quince días. Entonces a él se le ocurrió tener un detalle con ella, y preparar una especie de fiesta de bienvenida que organizó con los niños. Lo tenían todo listo, curiosos collares de hojas, mensajes de cariño, piedras de colores formando dibujos en el suelo… cuando recibieron un mensaje diciendo que se iban a retrasar una par de días más, tras los cuales, vieron llegar al equipo sin ella.

-¿Dónde está Drina?
-Ahora hablamos.
-¿Se ha vuelto a casa por algún motivo familiar?
-Verás, el caso es que una noche, mientras dormía, le mordió una atheris hispida, serpiente de la especie de las víboras, muy común por estas tierras.
-Pero se pondrá bien, ¿verdad?
-Lo lamento, no llegamos a tiempo de hacer nada. Cuando llegó el antídoto, ya fue demasiado tarde.

Allí el tema de la muerte era tratado de una forma distinta, todos tenían muy claro que formaba parte del círculo natural de la vida. Lo que no implica que no hubiera dolor y tristeza. Desde luego para Albert fue un golpe inesperado y devastador. De pronto sintió una oquedad tan grande que se lo comía por dentro. Tenía la sensación de que todo lo que sucedía le era ajeno, como si tampoco él estuviera ya allí. Así que decidió regresar con sus abuelos y pronto entró a trabajar en una ONG, para así poder estar cerca de ellos.

Al cabo de unos meses, se encontró con que habían estado tratando de contactar con Dustin, el apodo que utilizaba en sus trabajos artísticos, desde una reconocida empresa creadora de videojuegos. Estaban muy interesados en él y quisieron contratarle. Albert, ya de vuelta de tantas cosas, era ahora como un hombre de cincuenta años atrapado en un cuerpo de veintitrés, con una perspectiva nueva, incluso sobre su aspecto. Su amiga ‘normal’ había fallecido y él en cambio permanecía, como si alguna fuerza lo hubiera dejado ahí con algún propósito. Entonces pensó que quizás debía hacer algo para merecerlo, aceptó, y se dio una oportunidad para comenzar una nueva vida.

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