miércoles, febrero 28, 2024

En las alturas

Siempre que tenían algo importante que decidir, salían a la cornisa. No era nada extraño, teniendo en cuenta que se conocieron subiendo tresmiles y que por tanto, ver el mundo pequeño a sus pies les relajaba. Él aseguraba que jamás antes había hecho ascensiones, que tenía cierta resistencia y capacidad innata para trepar. Ella, simplemente se dejó impresionar por quien podía subir, cual cabra montesa, por aristas imposibles.

Sin embargo, aquel día el asunto era más delicado. Silvia había recibido una oferta de empleo muy tentadora en otro estado, a la cabeza de un proyecto experimental que podría lanzar su carrera. Y James no podía abandonar la ciudad, puesto que muchas personas dependían de él. Lo cual, en su conjunto, convertía en imposible su vida en común tal como la habían programado.

Unas horas más tarde…

-Frank, esta vez sí que te debo una, prométeme que jamás le dirás nada. Y te lo ruego, dime que hice lo correcto, la voy a perder, pero sé que le salvé la vida.

El hombre invisible

Me levanto de la cama, sobre las seis y cuarto, después de odiar al aparato inútil que tengo por despertador, no enciendo la luz, estiro el brazo derecho a modo de escudo y con el izquierdo voy buscando la pared y tanteando los obstáculos, que son los de siempre. Así que no debería de darme cada día con la esquina de la cama, ni con la maneta de la puerta, ni tropezarme con los zapatos que dejé anoche junto a la ventana, será para no perder la costumbre de llevar algún moratón encima que olvidaré cómo me hice. Y para rematar, tengo esos malditos vértigos, así que encima voy dando tumbos como si volviera del pub de la esquina un sábado, sí, calculo que a la misma hora más o menos.

Hacer esto cuando tenía compañera de piso, y de habitación, era normal, no quería despertarla una hora antes de su hora extra de sueño, pero ahora no hay nadie a quien molestar, obviando a Greta, que sé que no me lo tendría en cuenta, por las cuatro o cinco siestas que se pega a lo largo del día. Mientras no olvide su lata de salmón con arroz antes de marcharme, me dedica sus primeros ronroneos y todo en orden con ella.

Salgo al trabajo, debido a sus prisas mañaneras, varias personas se chocan conmigo, diría que es porque no soy ni demasiado guapo, ni demasiado feo, ni muy alto ni muy bajo, ni obeso ni flaco, ni visto elegante, ni barriobajero, vamos, el sueño de cualquiera. Pero lo es solo porque no lo saben, cuando estás en el lindar de la mediocridad, no te ven.

Tendría que ser la alegría de la huerta, desde que conseguí aprobar las oposiciones me dedico a lo más bonito que hay, tramitar y otorgar las prestaciones de desempleo para los ciudadanos que así lo requieren. Siendo así, y como no soy ni agresivo, ni dócil, mi tono no es excesivamente fuerte, ni flojo, escucho y dejo hablar, cada uno a su turno, cada día mantengo conversaciones breves, funcionales y superficiales con decenas de personas, para las que no sería muy distinto encontrarse con un asistente virtual holográfico. El día transcurre sin demasiados sobresaltos, de vez en cuando alguien tiene más ganas de hablar de la cuenta y se desfoga conmigo, o algún otro hizo de la ira su traje del día y me avasalló nada más llegar, como si tuviera yo la culpa de que su jefe le hiciera la vida imposible hasta que casi le suplicara el despido. Entonces, trato de contrarrestar la emoción y hago un poco de psicólogo, pero les tengo que despachar rápido porque el resto esperan, y la gente paciente, lo que se dice paciente, no es.

Hoy, como todos los martes y jueves, al salir, fui al gimnasio, nada, lo básico para mantener un poco, tonificar, bueno y no quedarme como un enclenque con barriga cervecera y echarme diez años más encima, que a mis treinta y dos tampoco estamos para salir ya del mercado. Me encontré con mi amigo Eloy, porque efectivamente, tengo muchos amigos, tengo tres, él es uno de los que mantengo de la infancia, creo que seguimos el trato porque le encanta hablar, lo hace sin descanso, y yo no me enfado casi nunca, tampoco tengo ningún afán de protagonismo de contar mis cosas, y ni qué decir tiene que no me pregunta demasiado, la verdad.

—Doy una fiesta este viernes en mi casa, algo sencillo, ya sabes, en mi línea, cenita, música, alcohol, y no más de veinte personas, no acepto un no por respuesta —dijo Eloy.
—Espero que no se repita lo de la última vez, te recuerdo que me tocó separar a un par de tíos que se peleaban por Carla, cuando ella pasaba olímpicamente de los dos, porque sigue con Pablo en la cabeza, hasta que se dé cuenta de una vez por todas, que es por ti de quien está pillada. Pero venga, allí estaré.

A veces pienso, seguramente con acierto, que me invita solo para hacer bulto, y porque queda bien alguien como yo por ahí en medio, ayudando con los aperitivos, saludando, y sobretodo no haciéndole sombra. Porque en realidad es un buen tío, pero es de los que les gusta acaparar toda la atención, lo cual no es difícil cuando eres moreno de ojos vivos, mirada resuelta, y encima sueltas eso de que estudiaste astrofísica, ya casi no necesita mucho más. Bueno sí, ese don para explicar anécdotas, esas que escucho por enésima vez, sin dejar de alucinar de que las cuente siempre como si fuera la primera.

Viernes, llego al trabajo, hoy está todo el mundo más borde de lo habitual, ni siquiera me devuelven los buenos días, me siento en mi puesto, y debe de haber algún problema informático porque el programa está enviando a la gente a todas las mesas menos a la mía. Voy a pasar un ticket de incidencia online, espera, no, por una vez, voy a disfrutar de mi momento, voy a adelantar faena de documentación y dejar pasar la mañana, si nadie repara en ello por qué iba a hacerlo yo.

Voy a casa a comer, la vecina del quinto, la única que habla conmigo, hoy ni me mira, venga va, si llevo esa camisa que me compré en Londres. Me la puse porque era la única que no tenía que planchar, aun así sé que el color verde menta con el pantalón negro me hace incluso atractivo, me atrevería a decir. No me encuentro muy bien, noto como un hormigueo, ya estoy hipocondríaco perdido, para variar. La fiesta es a las siete así que tengo tiempo de comer, y después hasta me voy a echar un rato en el sofá.

He soñado que era un gato y que saltaba por los tejados, hasta que caía por uno y no aterrizaba nunca, entonces desperté, sobresaltado y completamente aturdido. Dormí más de la cuenta. Alcanzo el móvil de la mesa -Eloy, llego un poco tarde pero estaré allí en media hora, ¿hola?, ¿me oyes?

Me ha colgado. Suena, será él de nuevo -¿Hola? Y me cuelga otra vez el tío, ¿pero qué le pasa?

Bueno, voy para allá, aprovecho a entrar justo detrás de un par de chicas que no conozco pero está claro que vienen a la fiesta, saludo, no me responden, es más, casi me dan con la puerta en las narices. Voy a la cocina -¿Os ayudo con esas bandejas? Si esto es una broma, empieza a no tener gracia.

Cojo una cerveza y la dejo caer adrede, se ponen a recogerla sin decirme nada ¡No me ven! ¡No me oyen! Voy al baño, el espejo me devuelve una cara desencajada, ¿qué está pasando?, ¿me he vuelto loco? Entro en una habitación, ahí está Carla con Eloy, no espera, es Mauro, -Carla, ¿has visto a Eloy? Siguen a lo suyo, salgo corriendo de la casa, miro a mi alrededor, me planto en la carretera, se pone el semáforo en verde y los coches aceleran, aceleran sin piedad, fundido en negro.

Siento un gran dolor por todo el cuerpo, pinchazos, presión en la cabeza, olor a sangre, estoy tendido en el suelo. Alguna vez pensé, divagando, que las personas que se sienten a menudo invisibles, un día simplemente se evaporan y nadie repara en ellas, porque no trascienden, únicamente dejan de existir, y desaparecen.

domingo, febrero 25, 2024

Las mejores propinas

Esa pequeña criatura se hospedaba en un singular hotel boutique del centro. Cada noche, su menester consistía en recoger las pesadillas de los huéspedes, arrojarlas al averno y reemplazarlas por gratos sueños. De esta manera, los clientes siempre salían de allí del todo satisfechos, dejando las mejores reseñas y propinas. 

En cuestiones oníricas, se había encontrado de todo. El otro día, un hombre veía a una dulce mujer sentada en un sofá y de pronto se transformaba en un terrorífico ente. Sin ir más lejos, ayer, una niña era perseguida al atardecer por un payaso hasta llegar a la playa, allí se escondía bajo los muelles mientras se le salía el corazón del pecho de las intensas palpitaciones que le producía la situación. Otro chico, el de la 109, se sentía perdido en una gran ciudad, deambulaba entre altos edificios hasta que cogía unos ascensores subiendo a gran velocidad y justo cuando pensaba que iba a morir fletado al espacio, estos le dejaban en lugares que no encajaban en absoluto con lo que se esperaba. 

En fin, que allí donde los miedos se convertían en rocambolescas metáforas, aparecía, les daba una vuelta de tuerca, los solucionaba y adiós pesadilla recurrente que arruina las vacaciones. No obstante, él, que hasta entonces dormía de día y nunca soñaba, un viernes se despertó sobresaltado, condenado a revivir todas aquellas atrocidades. Desolado, pidió auxilio a su mentor, el cual le dijo: quien pasea mucho por el infierno corre el riesgo de quedarse atrapado en él.


Viaje de negocios

El avión llegó a la hora prevista, cinco y cuarto de la tarde, fue un vuelo largo, transoceánico, y prácticamente habría dormido unas cuatro horas en total, de las doce que duró el trayecto. No le asustaba volar, pero las punzadas con los cambios de presión en uno de sus oídos eran considerables, en el derecho para ser más exactos. Se hizo unas pruebas para descartar problemas graves y le dijeron que todo estaba en orden, pero no era así, a once mil metros de altura seguían esas malditas molestias.

En el aeropuerto la estaban esperando los de la productora con un cartel bien grande, ella sintió algo de vergüenza, pensó que eso solo lo hacían en las películas, y se dijo que por eso mismo lo estarían haciendo, mientras sonreía para sus adentros. Era doble especialista e iba a sustituir a una reconocida y exitosa actriz del momento, de hecho, había sido elegida tras un largo proceso de selección, avalada por su experiencia y alguna que otra recomendación, y quizás también algo de suerte, por qué no decirlo.

Agradeció honestamente su recibimiento, sin embargo, había alquilado ya un coche en la agencia, pensando que hasta el día siguiente no habría nada previsto y decidió dirigirse ella misma hacia el hotel.

Llevaba ya cerca de tres horas conduciendo por aquella carretera interminable y tediosa, nada que ver con el tráfico estresante de la ciudad en que vivía, París. Así que debía encontrar pronto un lugar donde tomar un segundo café o el sueño la vencería. Por fin vio algo parecido a un bar de carretera, estacionó, y al salir se dio cuenta de que su americana negra de terciopelo era insuficiente para contrarrestar la caída en picado de la temperatura al esconderse el sol. No debía de faltar mucho para llegar, una media hora quizás.

—Vd. no es de por aquí, ¿verdad? No vemos muchas caras nuevas en esta época del año, los turistas suelen venir más entrada la primavera.

Ella no tenía ganas de dar demasiadas explicaciones, así que simplemente respondió con un breve, viaje de negocios. De pronto comenzaron a escucharse unos truenos, el viento soplaba con fuerza ahí afuera y empezó a llover intensamente, las gotas golpeaban insolentemente los ventanales.

—Si quiere puede alojarse aquí mismo, en los pisos superiores tenemos algunas habitaciones. No son ningún lujo, la decoración es austera, pero están limpias y tienen lo indispensable: un buen colchón, agua caliente, toallas... Mañana temprano podría continuar su camino, no suelen durar mucho estas tormentas, si bien resulta algo peligroso conducir si uno no está acostumbrado, no es muy buena tampoco la iluminación de la vía.

—Estoy algo cansada, lo suficiente como para no rechazar su oferta, me quedaré, gracias.

Aquel sitio tenía algo que la incomodaba, empezó a percatarse de que ciertos clientes tenían un punto extraño, miradas perdidas, impersonales, no hacían contacto visual con ella, ni le decían nada. Pensó que le daba igual, que solo sería una noche y que al día siguiente se iría. Dejó sus cosas en la habitación y un ligero quejido estomacal le recordó que llevaba bastantes horas sin comer, así que mucho a su pesar decidió bajar a ver si podía cenar alguna cosa.

Pidió una crema de verduras y un bistec, el camarero aunque escueto en palabras fue amable. Le llamó la atención que en la mesa de al lado había una pareja con un niño de unos doce años, pero comían en silencio, y recordó que su hija tenía la misma edad y que no podía estar callada más de cinco minutos seguidos. Se había quedado en casa, con su padre. Qué poco le gustaba no poder estar con ella por las noches, cuando se acostaba era su hora preferida de repasar el día y contarle todo aquello que los deberes y el móvil se encargaban de aparcar.

A mitad del segundo plato hubo un repentino apagón y todo quedó en absoluta oscuridad, trató de mantener la calma, continuaba lloviendo. Le ofrecieron unas velas y subió a su habitación. Aquella noche prácticamente durmió cual animal marino, con un ojo abierto y otro cerrado, al amanecer recogió todas sus cosas y se apresuró a marcharse.

—La cuenta por favor, debo salir temprano.

—No puede irse todavía.

—Perdón, ¿cómo dice?

—Que nadie se puede ir de aquí, la puerta exterior es solo de entrada, no de salida. Se trata de un embudo dimensional, ¿sabe lo que significa?

—Jajaja, qué gracioso es Vd. Me cobra o me voy tal cual, como prefiera.

Acto seguido, notó lo que interpretó como una gota de sudor resbalando junto al oído, se secó con un pañuelo y espetó un grito desaforado al ver que había sangre en él, y esas punzadas otra vez. Quiso buscar en el navegador del móvil el hospital más cercano, pero no había cobertura. El dueño soltó una carcajada siniestra.

Decidió analizar la situación para recordarse que no estaba loca, sin poder salir ¡demonios!, la puerta no se abría, el móvil no funcionaba, aquella gente no parecía de fiar, y sentía que iba a morir ahí dentro. Se puso a inspeccionar cada centímetro cuadrado de aquel lugar. Trató de hablar con otras personas pero la ignoraban, como si no pudieran oírla.

Mientras tanto, en la reunión, la productora esperaba por ella, sabían que se encontraba en el país, aun así no habían vuelto a tener noticias suyas. Tenían que comentar algunas escenas.

Una semana después encontraron los cuerpos inertes dentro de aquel antro dejado de la mano de dios. Comentaron en las noticias que parecía haber sido obra de alguna secta religiosa, haciendo conjeturas sobre algún tipo de sacrificio.

—¿Cómo ha ido todo?

—No demasiado bien, no hemos podido contar ni un solo superviviente de entre los escogidos.

—La introducción por el oído fue relativamente sencilla, aun así, al cabo de unas semanas, los sujetos comienzan a presentar síntomas extraños, cierta pérdida de lucidez, comportamientos asociales, episodios de pánico… finalmente no pueden soportar la presión y el mismo nitrógeno les produce burbujas en distintos órganos vitales y fallecen.

La realidad era que comenzaban a encajarle las piezas del puzle. Recordó, como si de un sueño olvidado se tratase, aquel laboratorio al que se había presentado meses atrás para un ensayo voluntario, el cual pareció pagarle más generosamente de lo normal. Cierto es que le venía muy bien el dinero, y que siempre estuvo a favor de la ciencia.

Contra todo pronóstico, ella encontró un modo de escapar, olvidaron que aquel viejo edificio había sido refugio de la segunda guerra mundial y en el sótano, el cual utilizaban como lavandería, se hallaba una especie de trampilla que, una vez levantada, daba a unas escaleras, acto seguido a un túnel y voilà, al exterior.

Salió de allí totalmente desorientada, olvidó lo que le había pasado, e incluso casi quién era. Afortunadamente llevaba encima su documentación, alguien debió encontrarla y acercarla a un centro médico. Su ropa estaba sucia, su pelo despeinado, y estaban también esas ojeras que le acentuaban la mirada aturdida y cansada. Atribuyeron su estado a un golpe que se había dado en la cabeza, tropezando en los pasadizos. Tuvieron que darle algunos puntos, así que le diagnosticaron pérdida de memoria transitoria y no indagaron más.

Unas semanas después comenzó a tener flashes que le iban devolviendo la consciencia de todo lo sucedido. Pronto trató de explicarse, acudiendo a la policía. Intentó transmitir todo aquello que había vivido, pero no la creyeron. A nadie le importaron ya sus surrealistas historias sobre experimentos maquiavélicos, los cuales no parecían más que pesadillas producto de su imaginación, provocadas por no más que un shock post-traumático.