Me sumí en una repentina y continua oscuridad del todo desconocida para mí. Fue tras el accidente, una arteria cerebral quedó obstruida y perdí la visión. Acabé en una lista de espera de tres meses, en los cuales la luz no se apagó solo en mis ojos, sino también en mi ánimo. Caí en un pozo profundo y maloliente en el que únicamente podía llorar y dormir. Sí, dormir, porque al soñar podía ver de nuevo.
Al despertar me dijeron: cuando quieras conservar un instante, parpadeas dos veces. Si, por el contrario, lo quieres eliminar, cierras los ojos cinco segundos. Pues me estoy volviendo loca buscando las instrucciones, porque algo salió mal. El caso es que al verle le besé y lo fastidié todo, no abrí los ojos a tiempo. Aunque no encuentre ese recuerdo, sé que lo hice. Entonces lo descubrí, lo que borro sigue ahí, en el inconsciente. Cada parte de mí contiene su propia memoria individual. Así voy yo por la vida, desde la operación de retina del dos mil setenta y cuatro, con mis dos microcámaras incorporadas.
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