Escogió el metro para llegar a la estación, pues lo consideraba más fiable que el tráfico de primera hora de la mañana. Iba con relativamente tiempo de sobra, hasta que una joven pareja de turistas le preguntó cómo llegar al teleférico de Montjuïc. Tenían un acento británico que casaba a la perfección con el suyo de Girona, el cual en esta ocasión no se esforzó en disimular. Aun así, se mostraron del todo agradecidos por la ayuda recibida.
Tren de largo recorrido (sin lobos a la vista), a dos minutos de salir, corría con la maleta, la mochila y la chaqueta. Tras tropezar, se apresuró a recoger su bolígrafo grabadora del suelo antes de que pudiera hacerlo cualquier otro transeúnte. Si además se hubiera parado a estornudar, ya no hubiera llegado a tiempo, sin embargo, llegó. A su lado no iba nadie, “ideal” pensó ella, el día le debía horas de sueño. Se acomodó en el asiento de ventanilla utilizando su jersey malva de cashmere a modo de almohada.
Al llegar a Montpellier un pasajero se sentó a su lado, la vio medio dormida y fue cuidadoso de no molestarla. No obstante, lo que despertó a Isabelle fue su agradable olor acuático, se enderezó y cogió un libro. Él conectó sus auriculares. De pronto ella agudizó el oído y reconoció la melodía, Vienna de Billy Joel, no pudo evitar mirarle fijamente unos instantes. Él se percató, ella desvió la mirada y sonrió. Minutos más tarde, él reparó en lo que ella estaba leyendo, Una vida en venta de Yukio Mishima, y le ocurrió lo mismo.
Acabaron en el vagón restaurante descubriendo dónde fue que en realidad se vieron por primera vez, sucedió en aquella misión secreta, en Berlín. Ella desmanteló la compleja red de tráfico de tanzanita más importante del país. Él salvó el botín del baño ultrasónico que lo hubiera echado a perder. Pero Gael la dio a ella por eliminada, así que se alegró infinito de ver que había seguido arañándole años a su destino. Como no podía ser de otra manera, se despidieron tomando direcciones opuestas.
Justo un año después volvieron a coincidir, en Florencia. Para entonces, comprendieron que no podían ignorarse de nuevo. Desaparecieron del mapa siete días con sus siete noches, para después regresar. Se debían a una causa mayor e ineludible, la profesión que habían elegido, o más bien, la que les había elegido a ellos. La que no podrían jamás dejar atrás, la que les había enseñado a enfrentar a la muerte en un tira y afloja en el que estaba claro quién iba a ganar.
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