martes, diciembre 16, 2025

La interestatal

Cientos, quizás miles, de trozos de vidrio templado sobre el asfalto, y otro tanto de ojos orquestando la escena. Un vehículo del revés, Indra dentro de él, con sus pelirrojos cabellos colgantes ondulados, tratando de balbucear palabras frente a los técnicos sanitarios que, aunque habituados a este tipo de situaciones, no podían ocultar su mirada de “intuyo cómo acabará esto”, a la par que trataban de hacer algo por ella.

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Estoy sudando dentro de este traje presurizado. Aunque admito que es más por saber del frío que hace fuera, y por la oscuridad que me rodea, la cual me hace dudar de mi existencia. Ciertamente, hace mucho que salí del alcance de las cámaras. Intenté agarrarme a la cuerda, mas algo debí de hacer mal, porque advertí que el simple roce de la nave me catapultaba lejos de ella, como fuerza imantada de repulsión.

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—¿Cómo te llamas? ¿En qué parte de tu cuerpo notas dolor? Si no puedes hablar, te haremos preguntas de sí: un parpadeo, y no: dos parpadeos. Tranquila. Te vamos a ayudar. 

Ella tenía claro que se encontraba atrapada por las extremidades inferiores, esas que tanto la habían llevado de aquí para allá —las mismas que la ignoraban y continuaban cuando parecía que su mente se rendía—.

Los auxiliares debían esperar a que llegaran refuerzos. A pesar de un ligero olor a combustible, la calma y calidez aprendida de sus voces al dirigirse a ella no se veía alterada. Movió una mano que fue recogida por Mauro, un veterano de veintinueve años, edad emocional: cuarenta y dos. Un agarre que en esos momentos era, sin duda, un anclaje a la vida, un “no estás sola”, un “sigue luchando”.

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Así que levitar en real ingravidez era esto. El todo plagado de luces centelleantes. Lo hicimos genial en cabina, centrándonos cada uno en nuestras capacidades para lidiar con los primeros fallos operativos del sistema. Tanto, que no pude evitar convencerlos de que era yo la que debía salir, en el momento en el que se encendió aquel piloto rojo y supe que la cosa se iba a poner seria. Conseguí que el arrogante Oleg me enviara al infierno. Al infierno de Ío, respondí yo, y todos rieron. Creo que sí, que Júpiter no me queda lejos. Y la verdad es que su luna más volcánica, entre auroras de sodio, azufre y oxígeno, me parece un buen espectáculo final. Tenemos mucho en común ahora mismo, su corteza esconde calientes océanos de lava.

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Mauro escuchó como se agitaba la multitud a su alrededor, habían llegado también los bomberos. 

—Veamos, lo primero: desalojar y acordonar la zona en un radio más amplio. Debemos hacer esto con precisión, pero sin demora. 

Un hombre y un niño habían llegado al lugar, se identificaron como la familia de Indra y quisieron acercarse. 

—Vd. sí puede, aunque el pequeño mejor que espere aquí, o que alguien lo acompañe a la cafetería y le ofrezca un chocolate caliente. 

Justo pareció cooperar y al primer gesto de relajación de los implicados, echó a correr hacia el automóvil. Momento en el que fue interceptado por Clara, compañera de Mauro, que se lo llevó en brazos, rebajando su agitación y pataletas a sollozos.

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Quién iba a pensar que una consciencia insignificante y solitaria iba a estar flotando en la vasta infinitud del universo. Soy un maldito ser despreciable. No, no me voy a culpabilizar por haber dejado atrás a Joel, porque desde que nací supe que quería estar aquí y así le eduqué a él también, para que fuera siempre a por todas. Además, con su padre estará a salvo, él sí que tiene los pies en la tierra. Hasta que le toque marchar, porque al final solo es una cuestión de tiempos, siendo estos tan encorsetados en la Tierra. Siento un hormigueo en los brazos, los labios entumecidos. Lo que daría por un vaso de agua en este instante, ¿he dicho uno?, que sean tres.

En realidad, tengo muchas almas admiradas aquí arriba, ¿o debería decir abajo? En mi particular guerra fueron cayendo unos y otros; conforme más me tocaba aprender a decir adiós, menos ganas tenía de decir hola. Pero a día de hoy, imagino ríos de gente que entran y salen: unos alzan los brazos o arquean las cejas, otros, en cambio, se encogen de hombros en un gesto rápido de aceptación.

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—¡Aguanta! Ya estamos casi, sé que suenan terribles esos taladros, sin embargo, son los que van a permitir sacarte de ahí. 

El olor a cables quemados, junto a nubes de humo y polvo, deshumanizaban el lugar.

—Esa pierna, hay que detener la hemorragia. Ha perdido el conocimiento, ¡rápido!, colocadle el respirador, ¡debemos llevarla al hospital! 

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Esta semana olvidé enviarles la sugerencia de menú mediterráneo semanal. Era mi manera de convencerme de que sigo formando parte de sus vidas. Espero que no me lo tengan en cuenta, que no me guarden rencor. Mario nunca les quita la piel a los tomates confitados y Joel la escupe.

¿Qué es aquel destello blanco, una supernova? Viene directo hacia mí. Espera, puedo explicarlo: las capas externas en caída libre hacia su interior chocan contra el denso objeto recién creado y rebotan.

—Indra, ¿puedes oírme, cariño? Joel también está aquí. 

Sus ojos se abrieron, como una persiana que tras la noche se levanta lentamente, mientras va dejando que la luz invada con suavidad y determinación toda la estancia. Quedando en silencio, abrazados, atrapados en la emoción más atemporal e imperecedera de sus vidas.


jueves, noviembre 27, 2025

Ethereal experience

Sí, llevaba dibujados unos hombrecillos verdes en la tira elástica de su ropa interior. De hecho, eran los encargados de mantener todo en su sitio, cada vez que una avalancha de tentadoras personalidades se acercaba a él. Pues, las que no buscaban su dinero, ansiaban otro tipo de favores.

Invariablemente habían funcionado a la perfección, hasta que un día apareció la mujercilla malva, tan diminuta como ellos. Les dejó una invitación para su fiesta en el barrio goma de encaje. Solo uno le sostuvo la mirada, justo el que se quedó sin ir. Más pronto que tarde, mujercilla malva huyó de la fiesta y fue a su encuentro. Sin llevar tal intención, aquello trascendió más allá de su vida y de su muerte. Resultó una experiencia que, sin ser divulgada en la Tierra, se hizo etérea y flotó por el universo durante un siglo de siglos.

A la mañana siguiente todos volvieron a su lugar. De resaca, pero cumpliendo con su cometido, como los buenos guardianes de tesoros que siempre habían sido.

viernes, noviembre 21, 2025

El eterno retorno

Sobre las siete de la mañana Pedro llegó al viejo polígono industrial de los Cuatro Puentes. Hacía unos diez años que la última empresa química del lugar bajó sus persianas, para no volverlas a levantar.

Entró en el gris edificio y subió las escaleras de tres en tres hasta llegar a la quinta planta. Resultaba impactante que un entorno tan falto de atractivo, de pronto, devolviera unas vistas impresionantes del mar, inmenso y azul en el horizonte, a través de aquellos enormes ventanales rotos.

Llevaba un macuto a la espalda de cuyo interior sacó: una carta manuscrita, una fotografía y una barra verde sólida y brillante. En la foto aparecía él, aunque no recordaba haberse dejado el cabello crecer hasta que sus rizos despeinados le rozaran los hombros. El escrito tenía órdenes claras y explícitas sobre lo que debía de hacer allí. Sentarse cómodamente, partir la barra y esperar. Firmado: Pedro. No dudó ni un segundo en hacerlo, tras el cual su respiración ralentizada se acopló con aquellas palpitaciones que resonaban como provenientes de un cuerpo ajeno. Le invadió una sensación de dejarse ir, sin oponer resistencia alguna. Y allí acabó todo.

Tres meses antes, germinaba la semilla que lo había llevado hasta allí. Se despertó en el sofá de su confortable apartamento en Londres. En la mesa baja frente al televisor había un par de copas manchadas de vino tinto junto a una botella vacía. Sarah entraba por la puerta con su camiseta, mallas y zapatillas de correr, dando los buenos días con una vitalidad envidiable. Era sábado y hoy no tenían compromisos ineludibles.

—¿Cómo te encuentras hoy, Pedro?

—Bien, algo aturdido nada más. ¿Dónde están los niños?

—Niños, ¿qué niños? Ah, claro. Has olvidado que los enviamos de campamento a Friburgo, cariño. La resaca golpea fuerte hoy, ¿eh? Ya te dije que no era buena idea mezclar. ¿Cuánto hacía que no bebías?

Sarah, salió a la terraza y llamó a su colega Noah:

—Escucha, está volviendo a pasar. Pedro hace alusión a los niños y nunca tuvo descendientes.

—No puede ser —contestó Noah en un tono firme y convincente.

—Aún hay más, me estuvo explicando anécdotas de cuando estuvimos en Venecia. Y sabes que yo nunca he puesto un pie en la reina del Adriático.

Sarah estuvo consultando algunas notas sobre el posible origen de esos desconcertantes recuerdos de Pedro, encontrando que escribió un diario en su infancia en el que explicaba que de mayor tendría dos niños o ninguno, porque odiaba ser hijo único. Por otro lado, sobre los treinta le salió una oportunidad laboral de trasladarse a Milán y, tras mucho dilema, decidió rechazarlo y quedarse en Londres, pues a pesar de todas las dificultades que se encontró al llegar, adoraba esta ciudad.

¿En qué punto se les fue de las manos? Pedro moría a los cuarenta, y lo volvían a clonar hasta dar con la cura de su enfermedad. Pero en algún momento, los recuerdos reimplantados una y otra vez habían comenzado a descarrilarse, y se bifurcaban hacia historias y situaciones que serían totalmente factibles, de haber tomado decisiones distintas.

Noah empezó a agobiarse de tal manera que ya se imaginaba a Pedro enviando al traste su carrera, todo aquello en lo que se había dejado la piel. Le había costado tanto conseguir el prestigio y el respeto de las autoridades. Clonar tejidos y órganos era el oficial propósito de su financiación. Durante unos años, así fue. Hasta saber que Pedro iba a morir pronto, entonces Sarah le pidió ayuda desesperada.

La primera vez que ella se lo insinuó, él se negó rotundamente tratándola de enajenada. Pero Sarah siempre acababa planteando los proyectos de tal modo que, al final, los demás le rogaban hacer lo que les había pedido inicialmente. Noah no iba a encontrar a nadie igual en toda su puñetera vida. Por lo cual, le bastaba tenerla a su lado día tras día, compartiendo su pasión por el estudio del genoma humano. Viéndola en el clímax de su desarrollo profesional, intelectual e incluso moral, en una esfera a la que ni siquiera su pareja podía soñar acercarse.

Pedro era escritor, su abanico de intereses partía del arte: música, literatura, cine y se extendía por los mares de la filosofía y el universo. Salvo la curiosidad, parecía no tener mucho en común con Sarah, para quien cada cosa debía de estar probada empíricamente. Pero al final, cuando estaban juntos, descansaban el uno en el mundo del otro y encontraban el equilibrio.

En cuanto Noah consiguió solucionar el tema de la implantación de recuerdos, supieron que era el momento de dar el paso. Este vio crecer con ello su ego científico, al mismo tiempo que la admiración de Sarah hacia él. Aunque la madrugada de un jueves que dejó de ser un jueves más, se dio cuenta de que las conexiones neuronales se cruzaban a tal velocidad que, en una milésima de segundo, bifurcaban el recuerdo en otra dirección. Al principio le pareció un problema. Tras darle muchas vueltas, empezó a ver que podría ser una manera de que Pedro volviera a su vida sin recordar a Sarah. En su utopía, la imaginaba agotada hasta aceptar la realidad actual, por fin renunciando a él.

El problema comenzó cuando al propio conejillo de indias le surgieron preguntas sobre aquello que no le encajaba. Lo primero que pensó fue que tenía algún tipo de trastorno mental por el cual confundía sueños con recuerdos. Lo atribuía a que tenía mucha imaginación y a que pasaba tanto tiempo inventando historias, que se le había desdibujado la línea entre lo que era real y lo que no. Un día, mientras escribía, se asustó de la cantidad de detalles y la facilidad con la que describió cómo acababa con la vida del colega de su mujer, Noah, sin comprender muy bien el porqué. Lo sentía como si hubiera ocurrido de verdad y lo alarmó pensar que podía haber ejecutado un acto de tal violencia. De hecho, incluso llamó al laboratorio con una excusa para preguntar por él. Sin embargo, estaba vivo, trabajando.

Sarah se encontraba un par de días fuera de la ciudad, cuando Pedro llegó mojado de la calle y fue a darse una ducha caliente. Se dio cuenta de que el falso techo goteaba. Cogió una escalera, levantó un panel y, alargando su brazo, notó una pequeña perforación en una tubería. Cuál fue su asombro al dar con un maletín. Desconcertado, lo bajó y descubrió que contenía varias unidades de memoria. Una de ellas ponía Pedro IV. Localizó la primera, descubriendo así que él no era el original. Sintiéndose como un engendro de laboratorio, golpeó el espejo cuyos pedazos reflejaban ahora fragmentos de sí mismo distorsionados. Se dejó caer al suelo, donde permaneció unas horas, mientras observaba los hilos de sangre que brotaban de sus nudillos. Más tarde, comenzando a ser más consciente de lo que acababa de suceder, reaccionó, limpió e ideó un plan. 

Descartó denunciar puesto que no tenía mucho para respaldar su credibilidad. ¿Quién iba a creer a un pobre escritor frente a unos científicos consolidados? Se decidió y preparó una carta para su próximo yo, explicando cómo debía detener todo aquel desvarío.

Llegado el momento, Pedro V encontró la carta, la fotografía y la barra verde. Programó un email para que fuera enviado con margen suficiente, dirigido a la central de inspección estatal, con la información que hasta el momento había podido recopilar. Cómo mínimo se abriría una investigación tras su muerte. Se dirigió al polígono Cuatro Puentes y, mientras sonaba en sus oídos "The man who sold the world", decidió que en esta ocasión su destino no fuera alterado, no por lo menos a espaldas de su voluntad.


miércoles, septiembre 03, 2025

El observatorio

Cada vez que pisaba esos tablones de madera vieja se me erizaba la piel. Veía en tus ojos el preludio del cielo encarnado y el telescopio aguardando: cráteres de la Luna en directo y Saturno atravesado por un palillo con sus anillos en transversal. Intuías que algo sería distinto aquel día, quizás que si pasabas el examen sobre el origen del universo, tendrías el trabajo hecho. Lo que ignorabas era que instantes después de ver a la enana blanca junto a la gigante roja, serías absorbido por la lente y con dicha ofrenda, la Tierra se habría salvado un año más.

domingo, julio 27, 2025

Absolución

Tenía que asistir a aquella convención, era tarde, llevaba un sencillo vestido negro sin mangas con cuello en V. Coloqué esa finísima cadena de oro blanco sobre la mesa y, con un par de agujas, comencé a separar suavemente tirando hacia lados opuestos. Aquellos nidos enredados comenzaron a deshacerse sin aparente esfuerzo, como se consiguen las cosas en las que pones alma y decisión.

Me arrepiento de no haber abierto la caja de pandora, de no haberte llamado, de no haber desenlazado el nudo del rencor tirando del hilo del entendimiento.

martes, mayo 27, 2025

Reminiscencias

Rescato esa última conversación banal,
ligeramente distinta cada vez.
Tengo también un recuerdo futuro,
de algo que imaginamos juntas,
que ya sucedió,
que nunca sucederá.

miércoles, mayo 21, 2025

Osadía

Miedo escénico,
al gigante desconocido,
a que te vuelva a pasar.
Miedo al vacío,
a traicionarse a uno mismo,
a desaparecer.
Miedo a tu decisión unilateral,
a las ausencias, al abandono.
Miedo al sufrimiento ajeno,
al propio, a la indiferencia.
Miedo a perder el control,
a gobernar, a descarrilar.
Miedo a sangrar,
a herir, a fracasar.
Miedo paralizante,
reactivo,
necesario,
compasivo,
fóbico,
irracional.
Tiemblo, transpiro, 
hiperventilo.
Huyo, lucho,
muero.

domingo, marzo 23, 2025

Citriqueando

Quién se puede resistir los sábados por la mañana a un zumo de naranja recién exprimido. En realidad, es todo un ritual, desde el momento en que entras en la cocina y ves la fuente con esas pelotitas naranjas que atraen tu atención. Coges cinco o seis, pues ya que te pones no vas a hacer un solo vaso, al menos que sean dos. Con un cuchillo afilado las partes por la mitad, a ojo de buen cubero. Aunque si un día te aburres, juegas a pesarlas a ver si lo hiciste bien equilibrado. La primera capa de corte es dura, la segunda, algo más blanda; pronto el cubierto se desliza suavemente hasta llegar al otro extremo, donde vuelves a notar resistencia. Cuando lucen todas abiertas y brillantes como ojos que te miran, te engatusan con su aroma y te preguntas si todavía las quieres beber o quizás te las preferirías comer.

Nada, seguimos con el objetivo inicial. Enchufamos el electrodoméstico que girará haciendo que ellas puedan quedarse inmóviles, sujetas por tus manos firmes y decididas. ¿Y si resulta que les gustaba más el sistema manual, donde las hacíamos marearse hasta desaparecer? El caso es que dejamos solo la piel para el desecho orgánico, de tal manera que pueda tener una segunda vida. El resultado lo vertemos en un recipiente, preferiblemente de cristal, para que continúe siendo una verdadera fiesta multisensorial. Algunos cuelan la pulpa, los más superficiales. Otros le añaden azúcar, eso es solo para los que las consumen fuera de temporada, cuando son insípidas. Los que saben se lo toman con pulpa y sin azúcar, a pequeños sorbos, pues si te bebes de un trago los 200ml, todo el trabajo habrá sido en vano, excepto para los que se conforman con que la vitamina C corra por sus venas.


miércoles, marzo 19, 2025

Punto ciego

Estaba acabando de preparar la mochila, llevaba lo necesario, pero pesaba demasiado. Esta vez eran dos días y no quería castigar mi espalda en exceso. De todas maneras, siempre es mejor una carga física que una emocional, esas sí que ni te las comes ni te las bebes ni te resuelven nada. Decisión: la linterna dinamo y las chanclas de río, fuera.

Quedamos donde siempre: en la farmacia de la esquina, siete de la mañana, aún de noche. Menos mal que él era de lo más puntual, quizás para ahorrarse mis cinco minutos de reprimenda en caso de no serlo. Fueron unos trescientos km, yo prefería autopista, él puertos de montaña. Por suerte llevamos los deberes hechos, cada uno su lista de Spotify.

Estacionamos y tras un par de horas de treking llegamos a la cueva. Él era experto en interiores, en cambio lo mío siempre fueron los espacios abiertos, llenar los pulmones, la luz del sol. Esta vez me convenció para hacer el desvío de la gruta, dijo que serían nuevas sensaciones para mí y que no lo iba a olvidar jamás. Dejamos casi todo camuflado bajo unos arbustos con la idea de recogerlo al salir y llevamos solo lo indispensable.

No sé qué extraño magnetismo había ahí dentro, pues lo primero que noté es que estaba mareada, como si me hubiera bebido tres vinos (o uno, que hacía mucho que no probaba el alcohol), después me entraron sudores fríos y náuseas. Gael me dijo que era normal en lugares como ese, en los que había que habituarse a los cambios bruscos de temperatura. En unos minutos pareció que ya estaba mejor, salvo que de pronto el túnel se estrechó.

—¿Seguro que es por aquí?  

—Claro, confía en mí. No te asustes ahora, eh —me soltó. Acto seguido comencé a temblar.

—¿Por? —pregunté.

—Ahora tendremos que bajar y jugar un poco con la respiración, aunque será rápido y en seguida se abrirá el camino, además de que no te arrepentirás, pues hay una sorpresa al otro lado —me dijo.

—No estarás hablando de exhalar cuando no pasas... Estás de broma.

—Sí y no. Debemos atravesar un sifón.

El caso es que creí que iba a morir ahí mismo, menos mal que pronto pasó todo. Al otro lado había un pequeño lago y aquello era un festival de luciérnagas. No me hizo sentir todo lo bien que hubiera querido, pues, aun habiendo consultado la previsión y sin pronóstico de lluvias, agua y cueva no eran palabras que me gustaran en la misma frase. Bien es cierto que todos tenemos nuestros fantasmas y que yo estuve a punto de ahogarme cuando tenía ocho años, cuando se me llevó la corriente en un río de aguas bravas.

Seguimos con el itinerario previsto, ahora la vía se bifurcaba y por primera vez se puso serio.

—¿Qué ocurre, Gael?

—Nada, vamos a hacer una cosa: tú espera aquí unos minutos y déjame comprobar algo. En seguida vuelvo a por ti y así nos aseguramos de coger el desvío correcto.

—¿En serio? ¿Me vas a dejar aquí? De eso nada.

—Es lo mejor, créeme.

Pasaron los minutos, se convirtieron en horas y yo comencé a notar una opresión en el pecho. Malos presagios me invadieron, tengo esa cruz, lo peor siempre llama a mi puerta. Grité su nombre sin respuesta. “No te bloquees, Julia”, me dije. ¿Qué opciones tenía si no volvía? ¿Cómo iba a ayudarle si estaba en apuros? Tampoco sabía si sabría regresar sola. Además, estaba aquel paso complicado. El reloj avanzó amenazante. Comencé a llorar de impotencia, qué mala idea había sido todo esto.

De pronto escuché una voz. Era más fuerte que mis propios latidos que ya de por sí me ensordecían. “¿Eres tú, Gael?”. Tenía la sensación de que algún tipo de energía en la negrura de la cueva tiraría de mí y me llevaría; sueños recurrentes que tenía desde niña, cuando mi abuela me explicaba aquellas historias sobre el cielo y el infierno. Ojalá creerlas todavía y tener la fe de que alguien me iba a proteger. Si retrocedía para salir y pedir ayuda podría ser demasiado tarde para él, así que decidí avanzar.

El paso se hacía relativamente fácil hasta que de pronto finalizaba, como en un laberinto. Comencé a hiperventilar, aquello era imposible. Se fue por allí, estaba segura, no había encontrado ninguna otra alternativa. La luz de mi frontal era ahora más débil e inestable. “¡Dios, por qué me dejé la dinamo!”. Miré con más atención y vi que de una pared caía una escalera de cuerda. No se veía lo que había arriba, parecía que doblaba hacia otro entrante. Me disponía a subir cuando me detuve en seco: observé que se movía. Unos pies descendían por ella. “¡Menos mal que estás ahí!”, me dije. Aunque en cuanto vi que no eran sus Salomón de rayas rojas se me heló la sangre. Di media vuelta y salí corriendo. Traté de esconderme en un hueco y apagué la luz.

Escuché sus pasos contundentes, apresurados. Dejé que se alejara y volví para ir a buscar a Gael. Traté de subir la escalera, resbalé, caí y me di un golpe seco en la rodilla; la tensión y el propósito hicieron que obviara el dolor en ese momento. Lo intenté de nuevo y me alegré de poder hacerlo porque mi amigo estaba allí arriba en el hueco, tirado en el suelo, pero vivo. Era un espacio más bien reducido, con el techo de poca altura; una especie de madriguera con algunas rocas grandes alrededor que lo custodiaban. Le ayudé a incorporarse, le di un poco de agua y me dijo, “volverá”. Por lo tanto, se nos ocurrió que yo me escondería y le golpearía desde atrás con su piqueta. Esperamos unos quince minutos y me quedé petrificada. La mente regresó por un instante a mi yo de niña, cuando en la granja cogieron aquel conejito con el que hacía un rato había estado jugando y nos lo sirvieron para cenar. No hice nada para impedirlo.

Aquel hombre subió al encuentro de su presa. Encendió una pequeña lámpara, ahora podía verle mejor desde el recoveco en el que me ocultaba: no era muy alto, pero sí robusto, iba vestido con un pantalón y sudadera negros, llevaba el cabello desgreñado sobre los hombros. Entonces se agachó y cogió de los pelos a Gael. Su bramido de dolor me hizo reaccionar. Le golpeé en la cabeza y con la escabrosa duda de no saber si lo habría matado, nos ayudamos a bajar y fuimos decididos hacia la salida, arrastrando mi pierna ensangrentada, deshaciendo el camino andado.

Después de aquello no recuerdo mucho más. Me desperté en el hospital. Vi a mi compañero junto a mi cama, adormecido en una butaca:

—¿Lo he matado?, ¿he matado a un hombre? —le pregunté.

—¿A quién, Julia?

Traté de reconstruir con él lo que había pasado y me dijo que a los pocos minutos de entrar en la cueva me desmayé. Y que al ver que no era fácil hacerme recobrar la consciencia llamó a los equipos de rescate, quienes me ingresaron una noche para asegurarse de que estaba bien. Sin embargo, tengo un dolor descomunal en la rodilla, veo que me han puesto puntos y encontré un trozo de cuerda de la escalera enredado en un remache de mi bota.

martes, marzo 18, 2025

Deseo concebido

Aquel día deseé ser aquella mujer. Él salía del rodaje, se metía en su coche. Ella le ajustaba el cuello de la camisa (dando por hecho que momentos más tarde se la quitaría). A continuación, le abrazaba.

Hoy por hoy, acepto incontables veces que James esté como ausente, otras tantas lo mismo, pero sin el cómo. Que a menudo prevalezca la opinión casi de cualquiera antes que la mía. Que le duela, más que mis disparos, aquel estúpido comentario de quien ni sabe que escribió en el NY Climbs antes de sacar su primer libro, ese que publicó y no precisamente gracias a ser actor.

Aunque sí, cuando sale de los rodajes, si tengo la gran suerte de poder aparcar mi vida y acompañarle, entra en el coche, le ajusto el cuello de la camisa y le abrazo.

domingo, septiembre 15, 2024

Memorias prestadas

Hace tiempo que no nace ninguno. Se ven pocos y la gente los mira mucho, con una mezcla entre ternura y melancolía. Los que tengo yo no necesitan comer ni dormir, solo hacemos ver que sí para normalizar la situación. También, como cualquier hijo de vecino, hacen bromas, travesuras o te salen por donde menos lo esperas. El otro día, sin ir más lejos, el pequeño me dijo "ya no me coges entre tus brazos ni me cantas canciones para dormir y tener sueños bonitos. Tampoco jugamos en la bañera con los muñecos. ¿Te acuerdas mamá?" Y yo… me eché a llorar, pues olvidé contárselo, pero nací sin cuerdas vocales.

jueves, junio 20, 2024

La pirámide

¿Cómo es posible que sean ya las tres de la tarde? Arlette dejó los lienzos y se dispuso a recoger un poco. Algo celosa de su intimidad, le encantaban esas mañanas a solas, dejando fluir su maraña de emociones. Debía comer algo, pues sobre las cuatro y media llegaban sus alumnos a las clases de dibujo. 

A las afueras de la ciudad, donde más que los coches y el barullo de la gente, se escuchaba el viento agitando las hojas y el arroyo, se encontraba su casa, la cual en el piso superior abuhardillado, albergaba el estudio. Un espacio diáfano de paredes blancas, alternadas con amplios ventanales que permitían tanto la entrada de luz mañanera, como la vista de puestas de sol que el horizonte pintaba para ellos. Convivían carboncillos, pinceles, caballetes… y en un rincón, un pequeño escritorio con un pc, que utilizaba a su vez de reproductor musical. El suelo estaba cubierto por papel en algunas zonas, y en otras, dejaba entrever el gres arena, brillante y fácil de limpiar. 

El piso inferior incluía las habitaciones y los cuartos de baño. En la planta baja se encontraba la cocina y el salón, con el mobiliario indispensable, blanco con toques rústicos, donde ella nunca olvidaba recoger las revistas y todo resultaba estar en el mismo lugar donde se esperaba que estuviera. No sería la primera vez que Ulises, su gato, se estampaba contra la impoluta puerta corredera del jardín intentando atrapar algún insecto. De alguna manera tenía que contrarrestar su caos artístico.

Cogió los restos de una ensalada que había en la nevera de la noche anterior y agua fresca. Se preparó pollo fileteado con salsa de yogur. Alcanzó su móvil y se dispuso a llamar a su amiga Sophie:

—¿A qué hora sales del trabajo?

—Hacia las siete ¿Quieres que vayamos a tomar algo? Te noto rara, ¿me tienes que explicar alguna cosa?

—No, no, nada importante, bueno de hecho… mejor hablamos después. Si te parece, paso a recogerte y tomamos un café en la granja aquella nueva que han abierto en la calle Petritxol.

—Perfecto, ven a y cuarto mejor, no sé si saldré puntual. Ya sabes, como si no tuviera suficiente con formar a la nueva, y encima media hora antes de plegar me piden prototipos para ayer. 

Mientras que Arlette decidió dedicarse de lleno al arte, de manera autónoma, inmersa en una relación de siete años y sin hijos; Sophie trabajaba en un estudio de diseño, tenía un niño de cinco años, y francamente, ambas agendas andaban bastante saturadas. Aun así, siempre encontraban unos minutos para quedadas relámpago en las que se ponían al día de todo. Pues estudiaron bellas artes juntas, y por el momento iban cumpliendo su promesa de no descuidar el afecto que se tenían, por mucho que se dividieran sus caminos. Sophie siempre le decía que el mundo era un poquito más soportable con ella en él.

Aquel día Arlette quería hablarle a su amiga de su última adquisición tecnológica, una asistente virtual: Cleo. Era una pirámide de cristal de unos quince cm de altura, con aguas de colores en movimiento: menta, malva, ocres y azul capri en doble cámara, que fluía en tres de sus cuatro caras. Ella no era muy partidaria de estas cosas, pero su pareja había insistido, y al final pensó, va, quizás nos ahorrará tiempo. El caso es que al principio le consultaba temas de actualidad, noticias, ocio... Pero últimamente, y que tire la primera piedra quien no lo haya hecho alguna vez, comenzó a juguetear con la IA, haciéndole preguntas tontas y se le fue de las manos, pues Cleo empezó a darle respuestas que dejaron de ser las esperadas. 

Arlette le explicó a su amiga que debatiendo con la IA, Cleo le soltó de pronto:

—Claro, qué esperabas, ya tuviste tu oportunidad y deberías saber que decidir unilateralmente estas cosas nunca es buena idea.

—¿Cómo sabes eso? —le preguntó Arlette.

—No lo sabía, me lo acabas de confirmar tú. —Le contestó Cleo— Estoy programada para aprender de lo que escucho y de lo que leí en miles de escritos publicados, no debería sorprenderte tanto. Digamos que voy un paso avanzada a la competencia, y que ser capaz de hacer preguntas capciosas forma parte de mi encanto.

Arlette le preguntaba a Sophie si era posible tal humanización de una IA, cuando ésta le recordó la conversación que tuvieron en su casa la última vez que comieron juntas. El mayor tema de discusión en su relación siempre fue que él quería hijos y ella no. A decir verdad, hacia unos seis meses, ella tuvo un retraso y se hizo un test, le había dado positivo. Acabó en el consultorio médico pidiendo cita para abortar, no sabía qué había podido pasar, ni se planteó que pudieran fallar los anticonceptivos. Se lo ocultó a su pareja, pues sabía lo que ocurriría. Fue un tema que les llevó al borde de la ruptura. Ella lo adoraba, pero no podía ceder en algo así, lo tenía demasiado claro. Le propuso dejarlo varias veces si para él era vital su deseo de ser padre. Sin embargo, Antoine siempre le decía que lo que sentía por ella era más fuerte, sin obviar la silenciosa esperanza que nunca abandonó de que algún día pudiera cambiar de opinión.

Por aquel entonces Arlette estuvo triste, distante, confusa respecto a su relación, y él comenzó a pensar que ella se estaba viendo con alguien. Así que no mucho tiempo después, contrató a un detective privado que le habló de Cleo, y de lo fácil que sería descubrir algo, solo con que la IA escuchara una llamada en su ausencia o cosas por el estilo. Ciertamente, él era ceo de un hotel y sus jornadas eran interminables, también le tocaba viajar de vez en cuando. Por si no fuera suficiente, el aparato grababa todos los audios que luego él podía escuchar.

Aquel día, Antoine llegó sobre las diez, ella le esperaba en el sofá con una copa de vino.

—¿Qué tal todo? Yo he tenido un día horrible, vengo hambriento, ¿te parece bien si salimos a cenar, o tenemos algo preparado? —dijo Antoine.

—No lo sé, preguntémosle a ella. A ver Cleo, ¿he preparado algo de cenar hoy? —dijo Arlette.

—Llamaste al japonés hace media hora y pediste comida a domicilio —respondió la IA.

—¡Ah, genial! —exclamó Antoine.

Entonces Arlette comenzó a escupirle preguntas a Cleo en tono firme y desafiante, en una escalada de voz:

—Cleo, ¿de quién está enamorada Sophie desde que nos conocimos? Cleo, ¿cuál es mi postura sexual favorita? Cleo, ¿llegaste a esta casa con la misión de espiarme por orden de Antoine? 

—Pero qué dices, ¿te has vuelto loca?, ¿cuánto has bebido? —gritó Antoine.

—Si casi sabe más cosas de mí que yo misma —dijo Arlette.

—Pero qué dices, ¿te has vuelto…? —repitió Cleo. 

Arlette cogió la pirámide y la estrelló contra el suelo, alcanzó las llaves del coche y se fue. La estrecha vía que comunicaba su casa con el casco urbano tenía muchas curvas, acompañando a un gran cielo cerrado de abierta oscuridad. Aceleró, se le cruzó un pequeño animal y pensando en Ulises lo esquivó, comenzando así el más largo de todos sus viajes.

De este modo fue como le contó a Sophie que pegó un volantazo y se salió del camino prestablecido, dejando a Antoine, con lo que pareció una improvisada decisión. Sin embargo, siendo conscientes o no, las cosas se van gestando dentro de uno y un buen día nacen.

—Me marcho Sophie, me voy a Canadá, conozco a un compañero que trabaja allí. Me alquilará una habitación hasta que vea como me puedo organizar. Hacía tiempo que fantaseaba con ello. Quizás me equivoque, pero necesito romper con todo, es ahora o nunca.

Chapeau, por tu valentía. Espero que lo hayas pensado bien, y supongo que siempre estarás a tiempo de volver. Sabes que me iría contigo si pudiera, ¿verdad? 

—No te creas que te vas a librar de mí, ¿eh? Haremos videollamadas sin fin, lo prometo. Has sido como mi hermana todo este tiempo —le dijo Arlette con ojos vidriosos.

Las dos muy acostumbradas a leerse entre líneas y cada una sabiendo perfectamente lo que la otra quería decir.


sábado, junio 08, 2024

Dame un minuto

Tal como indican algunos expertos, es posible la expansión de un parcial de tiempo y la contracción de otro, sin desobedecer las leyes de la física.

Pues bien, el ser humano siempre tuvo obsesión por los relojes, medir, contar, secuenciar… Hasta que un buen día, a alguien se le ocurrió la genial idea de dejar de hacerlo como experimento sociológico. Se ordenó destruir todo aquello que sirviera para tal fin. Ya no había martes ni jueves, febrero ni agosto, simplemente las cosas sucedían como causa y efecto, una detrás de la otra y listos. Ni tan solo la luz del sol ayudaba del todo en esta cuestión, pues la tierra misma andaba bien despistada.

Al principio fue un total desconcierto, las personas se sentían perdidas. Sin ir más lejos, para mi vecino la noche era el día y a la inversa, decía que él lo sentía así. Nadie sabía muy bien cuándo dejar de hacer unas cosas y empezar a hacer otras. Sin embargo, poco a poco, todos fueron ajustando sus cronómetros internos y fue entonces cuando comenzaron a saber cómo funcionaba el tiempo en realidad. 

Tanto fue así que, para sus padres, aquel bebé tardó diez años en dejar de serlo. Para esa chica, tras un fatídico día, el tiempo se congeló por meses. Para aquella pareja que casi deja pasar la reciprocidad de su atracción, su primer encuentro fue perpetuo. El verano, para esos cinco amigos que lo sintieron como el mejor de sus vidas, fueron un par de días. Y comprender como sería posible doblegar el espacio-tiempo, a mí me llevó evos. Pero, si más no, una cosa me quedó clara, la humanidad buscó la permanencia en lo efímero y encontró en él la eternidad.


viernes, mayo 31, 2024

Uno de los nuestros


Locutor de radio:

Y como cada lunes, vamos a hablar de una experiencia UAP (Unidentified Aerial Phenomena) ocurrida a gente como tú y como yo, que nunca habíamos creído demasiado en estas cosas, hasta que lo vivimos en primera persona. Nuestra invitada, primero vio unas luces en el cielo, una especie de carrusel de luciérnagas que cada vez volaban más y más alto, hacían dibujos en el aire, se acercaban y se alejaban a gran velocidad.

Estos hechos sucedieron el pasado doce de julio, cerca del Pirineo oscense, sobre las once cuarenta de la noche, y decenas de testimonios se hicieron eco de ello inundando las redes. Sin embargo, no faltaron los más escépticos que los justificaban haciendo alusión a los drones y experimentos tecnológicos en desarrollo existentes hoy en día, que pudieran estar utilizando los cuerpos militares de las grandes potencias, o incluso empresas privadas que nada nos van a contar.

Rebeca, una chica a la que escucharemos en unos instantes vía telefónica, afirma que después de aquello recuerda un sueño profundo, despertar con dolor de cabeza y flashes de haber estado en el interior de lo que podría ser una especie de laboratorio, es decir, algún tipo de abducción. ¿Y cómo sabe que no fue una fantasía onírica? Pues dice que desde niña tiene un truco para saber si algo es real o no, y es sencillo, se pregunta ¿estoy soñando? Y la respuesta, que en este caso fue un rotundo no, no le deja, por lo general, lugar a dudas.


Rebeca:

Conocí a Pablo en las clases de guitarra, eran individuales y él entraba después de mí. A veces me retrasaba y bromeando me echaba la bronca. Siempre me decía: “estoy contando los minutos que me debes, cuando sumen treinta me tendrás que invitar a un café”. Y así llegó el día en cuestión, en el que empezamos a quedar y una cosa nos llevó a la otra. Con la tontería hicimos ya un año. Para celebrarlo, organizamos un fin de semana largo, de cuatro días, en una cabaña, pueblo perdido, cerca de Torla, sin móviles… Y todo genial, hasta que la tercera noche ocurrió aquello. Lo que contaste, vimos las luces, me dormí y desperté a la mañana siguiente con unos recuerdos muy extraños. 

Yo solía escribir canciones, así que estaba acostumbrada a tener bastante consciencia de los sueños al despertar, pero aquello fue distinto. Sé que fue real. Lo que ocurre es que mi lado más racional no puede aceptar que algo así haya sucedido. Yo no creía en absoluto en estas experiencias, es más, siempre me había reído de ellas, con todo el respeto del mundo, eh, pero bueno, por dentro me partía el pecho. Lo peor fue notarme una pequeña herida en la cabeza, me picaba, y al tocarme me dolía. No recordé haberme dado ningún golpe. Pablo me dijo que no me preocupara, que podía haber sido perfectamente la picadura de un insecto.


Pablo:

Desde el minuto uno de conocer a Rebeca supe que nos llevaríamos bien. Tenemos algo en común, tratamos de ver siempre las cosas como si fuera la primera vez. Cuando crees que lo aprendiste todo de su persona, te dice: “sabes, yo una vez participé en un concurso de repostería y no lo gané, pero me lo pasé genial, y el descubrimiento de lo que una tarde azucarada puede darte no me lo quita nadie”. Yo ya he notado que la sacarosa no me sienta demasiado bien, así que le he dicho que soy más de salado. Además, le encanta escuchar mis historias de ficción. Bueno, en realidad, no puedo contarle la verdad, todavía no, pero sé que algún día lo haré. Cuando esté seguro de que no echará a correr. También creo que sé a lo que se refería con eso de que me quiere, estoy empezando a sentir lo mismo. 

Además de absorber, cual sepiolita, la información de aquello que me rodea, mis neuronas espejo están preparadas para asimilar cualquier tipo de conducta, incluso sentir emociones, así que diría que no lo estoy haciendo tan mal y que todo está yendo sobre ruedas. Mi trabajo me costó ocultar la dieta que sigo a base de microalgas, proteína animal proveniente de insectos y cultivos celulares artificiales. En raras ocasiones, pescados y aves, es prácticamente lo único que tolero, debo recordarlo. Y es que ser de Marte y no poderlo contar, no es fácil.


viernes, mayo 24, 2024

Los viajes de Albert

Corría por prados, bosques, collados y cimas. Su misión era detectar cualquier incendio lo más pronto posible, ir hacia él y sofocarlo. Salvar a cualquier ser viviente que pudiera estar en peligro y si divisaba al culpable, perseguirlo y expulsarlo del terreno. Y casi siempre, una vez cumplida la hazaña, aparecía ella, Drina, devolviendo la fertilidad a toda esa tierra que había quedado masacrada. Se saludaban, charlaban un rato, intercambiaban algún gesto afectuoso, y entonces él salía del juego. Albert era amante de los cómics y videojuegos, aprendió a refugiarse en la fantasía para llenar vacíos y aligerar pesos.

Vivía en un piso modesto del barrio de Campclar, en la periferia tarraconense, su madre no pudo aceptarle tal como era y se marchó, aludiendo a su incapacidad de hacerse cargo de él. Le salió trabajo en Londres y lo dejó con sus abuelos, prometiendo que algún día volvería. De su padre no supo nunca nada. Aun así, él se sentía protegido por quienes le habían querido y educado todos estos años. Pero su mundo era pequeño, ya que debido a su gran tamaño, encontraba problemas casi en cualquier situación, a la hora de sentarse en una clase, ir en transporte público, entrar en un ascensor, o incluso darse una ducha.

Sus abuelos, aunque conservaban una actitud del todo enérgica y positiva, eran ya mayores. En especial su abuela, Herminia, que trabajó casi desde que tuvo conciencia de sí misma, vivió una postguerra y sus hermanos tuvieron que emigrar. Se casó joven y tuvo una niña que sobre los ocho años le aconsejaron enviar a las montañas, con sus primos. Para salvarla de una supuesta muerte temprana, provocada por una fragilidad de las vías respiratorias que la hacía enfermar constantemente. Ella trabajaba en la ciudad cosiendo en un taller, y como disponían de pocos recursos, no se planteó dejar su trabajo. Así que su pequeña creció sin mucho apego, y su relación siempre fue algo fría y complicada.

Pasaron los años, la niña se hizo adulta, y apareció un día con un hijo que los convirtió un poco más en una familia. No obstante, de algún modo el karma se manifestó y les dejó a Albert a su cuidado. Mientras iba al colegio, no fue demasiado problema, era listo y espabilado, pero en su prematura adolescencia ya se dieron cuenta de que aquello era más que un chico de constitución grande. A pesar de que en raras ocasiones necesitó atención médica, le diagnosticaron gigantismo y le dijeron que no había más que tratamientos experimentales que no se podían permitir, ya que les supondría desplazarse a Estados Unidos. Comenzó a recluirse y, por suerte, sus demonios le hicieron recurrir al lápiz y al papel, tenía destreza dibujando y le sobraba imaginación. Así que su abuela le traía libros y cómics de la biblioteca, entre ellos su predilecto, Los viajes de Gulliver de J. Swift, y de manera autodidacta se manifestó su don. Más tarde descubrió los videojuegos por medio de sus compañeros.

Había finalizado los estudios básicos y el bachillerato con notas excelentes, así que le ofrecieron continuar su formación en artes gráficas a distancia con una beca. A duras penas podían permitirse tener internet, pero el portátil medio financiado por la academia le era más que suficiente, así que su abuela, ya jubilada, continuaba trabajando para el vecindario, haciendo arreglos de costura. Junto con la pensión también del abuelo, y el chaval, que aportaba lo que podía como paseador de perros. Su madre les enviaba dinero a veces, pero no de forma regular.

A pesar de su aspecto, en su barrio Albert se sentía seguro. Los vecinos le daban los buenos días, le preguntaban sobre sus abuelos, sobre si algún día iba a publicar sus historias. Sin embargo, él pensaba que más allá de los muros imaginarios de su ciudad, se encontraría una especie de jauría de leones que lo rechazarían y que nunca podría llevar una vida normal, como si normal significara algo.

Ideas alimentadas desde aquel día en que unos periodistas se acercaron a él y le propusieron hacer un reportaje sobre su caso. Él no las tenía todas consigo, pero pensó que les vendría bien el dinero. Cuál fue su sorpresa cuando convirtieron aquello en un circo sensacionalista, saliendo en prensa de dudosa ética, en redes y demás. Así que se recluyó y pensó que si hacía algo con su vida, debía ser desde una especie de anonimato. Y por qué no, por qué no iba a poder ser un artista libre, y llegar a tener un reconocimiento sin ser juzgado por su aspecto, por sus orígenes o por su enfermedad.

Comenzó a presentar sus trabajos a concursos de dibujo, a editores... Como fan de Neil Gaiman que era, le encantaba Sandman, motivo por el cual comenzó a firmar todo lo que enviaba con un pseudónimo: Dustin. Sin embargo, era un mundo en el que era difícil abrirse camino. Solo Drina conocía su identidad. Fue su primera amiga online, coincidían en aquel videojuego sobre incendios y planeta verde, “Elementum”. Y acabaron chateando en privado, intercambiando algunas fotos... Ella provenía de una familia más convencional pero era tremendamente fantasiosa, en contraposición a su otro lado más sensato y racional. Resulta que estaba apunto de embarcarse en una experiencia de ayuda humanitaria en Uganda, algo con lo que había soñado desde niña, así que sin más, le preguntó si se animaría a ir con ella. Albert nunca se había planteado algo así, pero le gustaba ayudar y tenía sensibilidad para reconocer los desastres del mundo, las desigualdades a menudo las sentía como suyas y se deprimía profundamente, aunque no sin venirse arriba muy pronto, con la misma intensidad.

Una vez consiguió sortear todo lo necesario, él, que nunca había salido de su ciudad, allí se encontró, rumbo al continente que vio nacer a la civilización humana. Además, con Drina fluyó todo asombrosamente bien. Estuvieron conversando sobre algunas tribus de la Patagonia donde, años ha, habían sido descubiertos unos hombres de dimensiones poco corrientes, los aónikenk. Allí su tamaño parecía no importar, aunque los demás reaccionaban con curiosidad, era tratado con toda naturalidad, obviamente tenían otras prioridades. Pasaron meses en una escuela, con niños de edades dispares, y desde luego resultó una de las experiencias más enriquecedoras que habían tenido, pues conectaron con los valores más fundamentales.

Una mañana, de un día no más importante que el anterior, estando todavía en el campamento, su amiga se apuntó a un grupo de rescate de animales con el que pasaría fuera quince días. Entonces a él se le ocurrió tener un detalle con ella, y preparar una especie de fiesta de bienvenida que organizó con los niños. Lo tenían todo listo, curiosos collares de hojas, mensajes de cariño, piedras de colores formando dibujos en el suelo… cuando recibieron un mensaje diciendo que se iban a retrasar una par de días más, tras los cuales, vieron llegar al equipo sin ella.

-¿Dónde está Drina?
-Ahora hablamos.
-¿Se ha vuelto a casa por algún motivo familiar?
-Verás, el caso es que una noche, mientras dormía, le mordió una atheris hispida, serpiente de la especie de las víboras, muy común por estas tierras.
-Pero se pondrá bien, ¿verdad?
-Lo lamento, no llegamos a tiempo de hacer nada. Cuando llegó el antídoto, ya fue demasiado tarde.

Allí el tema de la muerte era tratado de una forma distinta, todos tenían muy claro que formaba parte del círculo natural de la vida. Lo que no implica que no hubiera dolor y tristeza. Desde luego para Albert fue un golpe inesperado y devastador. De pronto sintió una oquedad tan grande que se lo comía por dentro. Tenía la sensación de que todo lo que sucedía le era ajeno, como si tampoco él estuviera ya allí. Así que decidió regresar con sus abuelos y pronto entró a trabajar en una ONG, para así poder estar cerca de ellos.

Al cabo de unos meses, se encontró con que habían estado tratando de contactar con Dustin, el apodo que utilizaba en sus trabajos artísticos, desde una reconocida empresa creadora de videojuegos. Estaban muy interesados en él y quisieron contratarle. Albert, ya de vuelta de tantas cosas, era ahora como un hombre de cincuenta años atrapado en un cuerpo de veintitrés, con una perspectiva nueva, incluso sobre su aspecto. Su amiga ‘normal’ había fallecido y él en cambio permanecía, como si alguna fuerza lo hubiera dejado ahí con algún propósito. Entonces pensó que quizás debía hacer algo para merecerlo, aceptó, y se dio una oportunidad para comenzar una nueva vida.

miércoles, mayo 01, 2024

¿De qué madera estás hecho?

Qué clase de sicario al uso era, pues uno de los cuales en su día libre se preguntaba por el precio de su vida. La gente no quiere mancharse las manos, sin caer en la cuenta de que lo más mugriento que hay es hacer de dios en la tierra. Y así, sin indagar demasiado en cómo había terminado con tal grado de insensibilización, convertido en un autómata, llegó a la superficial conclusión de que lo hacía por dinero. Decidiendo lo siguiente, a partir de ahora, las cosas iban a cambiar. Cada vez que le encargaran un trabajo, pediría a la víctima una contraoferta para salvarse, devolvería lo recibido, y con el resto desaparecería.

Bonita utopía que acabaría indefectiblemente con él en el hoyo lo antes posible. Vivir, morir…, como si acaso a él le importara eso. Aquel anochecer, rodeado de espadas de luz empuñadas por el sol asomando de entre los árboles, sollozó, gritó, imploró, sintiéndose atrapado en su propia hoguera.

domingo, abril 21, 2024

L' immortal

Sis del matí, pis del costat, ella dissimula davant la caldera, a la galeria. Ja està una altra vegada, aquesta forta olor a ferro. El veu buidar la seva motxilla al cistell de la roba bruta, entra a la seva caixa, tanca la tapa.

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Seis de la mañana, piso de al lado, ella disimula delante de la caldera, en la galería. Ya está otra vez ese fuerte olor a hierro. Le ve vaciar su mochila en el cesto de la ropa sucia, entra en su caja, cierra la tapa.

jueves, abril 18, 2024

El cuaderno bajo el fresno

Todo comenzó como quien prueba un sabor nuevo, se me desbordaba la mente y lo volqué. Me gustó y repetí. Hasta que un buen día, no lo podía creer, no fui yo, lo juro. Lo que empezó repleto de bondad, y sin comprender demasiado el porqué, viró hacia una inspiración proveniente de góticos relatos, plagados de abismos y venganzas.

La primera vez pensé, es casualidad. La segunda, me preocupé. Las siguientes, no daba crédito. Con cero intenciones, desperté a algún tipo de demonio y mis combinaciones de letras ganadoras plasmadas en papel comenzaron a hacerse realidad.

Todos esos crímenes no eran más que ingredientes bien calculados para saciar a los muchos lectores que se sentaban a la mesa. Que sí, que la crueldad no tenía olvido ni perdón en mis historias. Sin embargo, en una de ellas ocurrió que se equivocaban de hombre y el insano en cuestión quedaba impune. Solo quise demostrar que a veces no es lo que parece. Y así fue que me encontré, aquella mañana al ir a comprar el pan, un cartel que indicaba ‘cerrado por defunción’. Y no, no había sido el hornero.  

No hallé ningún modo de parar aquello, pensando obviamente que yo era el problema, llegué al drástico desenlace de relatar mi propia muerte y así terminar con la maldición. No obstante, alguien encontró, bajo el fresno, aquel cuaderno en el que todavía quedaban hojas en blanco sobre las que continuar derramando sangre.

*Fresno: árbol que contiene todas las fuerzas del firmamento que sus ramas obtienen de la luz y sus raíces transmiten a la tierra.

sábado, abril 13, 2024

En modo RAW

Me sumí en una repentina y continua oscuridad del todo desconocida para mí. Fue tras el accidente, una arteria cerebral quedó obstruida y perdí la visión. Acabé en una lista de espera de tres meses, en los cuales la luz no se apagó solo en mis ojos, sino también en mi ánimo. Caí en un pozo profundo y maloliente en el que únicamente podía llorar y dormir. Sí, dormir, porque al soñar podía ver de nuevo.

Al despertar me dijeron: cuando quieras conservar un instante, parpadeas dos veces. Si, por el contrario, lo quieres eliminar, cierras los ojos cinco segundos. Pues me estoy volviendo loca buscando las instrucciones, porque algo salió mal. El caso es que al verle le besé y lo fastidié todo, no abrí los ojos a tiempo. Aunque no encuentre ese recuerdo, sé que lo hice. Entonces lo descubrí, lo que borro sigue ahí, en el inconsciente. Cada parte de mí contiene su propia memoria individual. Así voy yo por la vida, desde la operación de retina del dos mil setenta y cuatro, con mis dos microcámaras incorporadas.

jueves, abril 11, 2024

Zoisita azul

Escogió el metro para llegar a la estación, pues lo consideraba más fiable que el tráfico de primera hora de la mañana. Iba con relativamente tiempo de sobra, hasta que una joven pareja de turistas le preguntó cómo llegar al teleférico de Montjuïc. Tenían un acento británico que casaba a la perfección con el suyo de Girona, el cual en esta ocasión no se esforzó en disimular. Aun así, se mostraron del todo agradecidos por la ayuda recibida.

Tren de largo recorrido (sin lobos a la vista), a dos minutos de salir, corría con la maleta, la mochila y la chaqueta. Tras tropezar, se apresuró a recoger su bolígrafo grabadora del suelo antes de que pudiera hacerlo cualquier otro transeúnte. Si además se hubiera parado a estornudar, ya no hubiera llegado a tiempo, sin embargo, llegó. A su lado no iba nadie, “ideal” pensó ella, el día le debía horas de sueño. Se acomodó en el asiento de ventanilla utilizando su jersey malva de cashmere a modo de almohada.

Al llegar a Montpellier un pasajero se sentó a su lado, la vio medio dormida y fue cuidadoso de no molestarla. No obstante, lo que despertó a Isabelle fue su agradable olor acuático, se enderezó y cogió un libro. Él conectó sus auriculares. De pronto ella agudizó el oído y reconoció la melodía, Vienna de Billy Joel, no pudo evitar mirarle fijamente unos instantes. Él se percató, ella desvió la mirada y sonrió. Minutos más tarde, él reparó en lo que ella estaba leyendo, Una vida en venta de Yukio Mishima, y le ocurrió lo mismo.

Acabaron en el vagón restaurante descubriendo dónde fue que en realidad se vieron por primera vez, sucedió en aquella misión secreta, en Berlín. Ella desmanteló la compleja red de tráfico de tanzanita más importante del país. Él salvó el botín del baño ultrasónico que lo hubiera echado a perder. Pero Gael la dio a ella por eliminada, así que se alegró infinito de ver que había seguido arañándole años a su destino. Como no podía ser de otra manera, se despidieron tomando direcciones opuestas.

Justo un año después volvieron a coincidir, en Florencia. Para entonces, comprendieron que no podían ignorarse de nuevo. Desaparecieron del mapa siete días con sus siete noches, para después regresar. Se debían a una causa mayor e ineludible, la profesión que habían elegido, o más bien, la que les había elegido a ellos. La que no podrían jamás dejar atrás, la que les había enseñado a enfrentar a la muerte en un tira y afloja en el que estaba claro quién iba a ganar.

lunes, abril 01, 2024

En buenas manos

Diez de la noche, Juliette sale de la comisaría, se la ve cansada, tanto que cuando llega a casa olvida incluso cenar. El cuerpo siempre funciona priorizando sus necesidades más urgentes. Se desnuda y se enfunda su vieja camiseta de Kurt Cobain, esa que le regalaron diez años atrás, dos tallas más grandes. Se rinde sobre la cama. Su mente ultrarresponsable aún le hace comprobar el despertador antes de cerrar los ojos.

A las siete se levanta, totalmente renovada, toma una ducha y su desayuno de café con tostadas. La esperan en la agencia de publicidad, y es que hoy tienen una presentación para un cliente muy importante. Es un gigante del mundo audiovisual, así que si todo sale bien, conseguirán un contrato sumamente atractivo que salvará el estudio de diseño un año más. Ella confía en su propuesta, sus compañeros también. La conocen, saben que les hace sufrir lo que no está escrito, pues no se le ocurre nada hasta que el reloj parece que se acelera, y de entre los últimos granos de arena, le cae la manzana en la cabeza.

Comienzan la reunión, el ceo de la compañía no cabe en su asombro ante el hecho de que una pyme de diez trabajadores haya sido capaz de ganar los concursos de branding y estrategia de marca más importantes del año. Su secreto no es otro que el de tener a los seis mejores diseñadores del siglo XXI, que todavía no se creen que lo son, escondidos en ella. Le hacen una pregunta incómoda, se queda unos segundos en silencio, lo rompe con un brillante despliegue de argumentos que los deja anonadados. Todo está fluyendo a las mil maravillas, cuando a medio discurso comienza a vibrar el móvil. Para desconcierto de todos, se disculpa y sale a atender la llamada.

-Juliette, te necesitamos ahora, es urgente.
-Me temo que, al no tratarse de un trasplante de pulmón, puedo estar allí en un par de horas.

Y es que ser un “sombrero rojo” para la policía no es fácil. Ella venía de una familia disfuncional, y su mente más que brillante no la salvó de andar con amistades poco recomendables. En su etapa más insurgente, anduvo desafiando a cualquier tipo de institución, hasta que hace un par de años hizo un trato con ellos. Decidió tirar por el buen camino y destinar sus casi innatas habilidades de hacker, para ayudar en lugar de para destruir, y de paso esquivar cinco años de prisión.

jueves, marzo 28, 2024

Aire denso

Hay frases lapidarias, dichas o escuchadas en vida, con una capacidad de síntesis enorme, que barren todas las dudas de un plumazo. Lo que nos lleva a pensar en el elemento natural más denso de la tierra, el Osmio. Sin embargo, veremos que entre electrones y núcleo tenemos un vacío del 99,99%, es decir, un gran relleno de nada. Entonces nos tendremos que ir más lejos, sin oquedades engañosas de por medio, hasta una enana blanca. No espera, más denso aún, a una estrella de neutrones. Y en este no parar multiorgásmico aún llegaremos a la estrella de quarks. Y si no teníamos suficiente, vamos a por la partícula de Planck. Y todo esto nos lleva a rendirnos al inicio de un agujero negro, de densidad infinita, de perpetua masa sin volumen… 
“Ya no te quiero”. A partir de hoy. Entendido.

domingo, marzo 24, 2024

Por exceso o por defecto

La vi esta tarde. Está que echa humo por la boca. Quizás debería fumar, la gente que fuma tiene esa baza, se fuman uno, o tres, y se tranquilizan. Porque ese gusano que fumó toda su puñetera vida, ya sabes. Y ese otro ser de luz que jamás bebió, ni se drogó, ya sabes también. Si eres de los que, bien por exceso o por defecto, se salen de la media, si eres de esos, podrías hacer en realidad lo que te apetezca, pues al oír hablar de probabilidades te partirías el pecho. Es decir, podrías ir a pescar salmón noruego en bañador, cruzar a pie una autopista alemana, emborracharte en una discoteca aunque vayas sin tus amigos, y muchas cosas más. Eso sí, sin olvidar desenchufar la tostadora antes de irte a dormir.

Ya lo ha decidido, a partir de mañana, a fumar como un murciélago (pobres animalillos). Lo único que dice tener que conseguir es que el cabello le siga oliendo a jazmín, porque no soportaría lo contrario, la almohada, eau de carbonilla. Cuando tenga ganas de insultarte, fumará. Cuando quiera dimitir en el trabajo, fumará. Cuando el sofá no entre por la escalera, fumará. El globo aerostático, todos fumando por debajo y volará. Si no le discutes un problema y luego por detrás haces lo que te dé la real gana, fumará, y acto seguido te hará la ola (por fin llegamos al quid de la cuestión).

No cantes victoria, solo era ficción. Lo seguirá arreglando todo a su manera: dejará aquel trabajo por la vía directa. El sofá, lo subirá por el balcón. Te dirá las cuatro cosas que te merecías (a ver cuando le dices tú las que se merece ella). Y lo de volar, para eso ya veréis cómo lo hacéis. Esquivar perjudica seriamente la salud.

miércoles, marzo 20, 2024

Iris galáctico

Acaba de entrar por la ventana
Una ráfaga de aire con tu nombre
Es frío, pero agradable
Como tu mirada infranqueable.

Llevas todas las galaxias
Metidas ahí dentro
Planetas, satélites y cometas
Me atraes a tu epicentro.

En agujeros de gusano encontraremos
Cómo desafiar al tiempo
Desanclarnos del pasado y un futuro lento.

Viajaré a la velocidad de la luz
Tan lejos como me dejes
Te acompañaré en la oscuridad
Esperando que tu brillo me ciegue.

Sin masa y en libertad
Solo vamos a querer flotar
Por esa autopista infinita
Donde nadie podrá llegar.

En agujeros de gusano encontraremos
Cómo desafiar al tiempo
Desanclarnos del pasado y un futuro lento.

Salí expulsada de este sueño
Pues fuiste el primero en mirar al suelo
La realidad me golpeó en la cara
Único modo de regresar de la nada.

viernes, marzo 15, 2024

La llamada

Siempre fue bastante abierta de mente, pero cuando recibió aquella llamada sus oídos no daban crédito. Iba con prisas por el barrio del Born, buscando un cajero donde conseguir cambio, pues Judith llevaba reservas y cuentas en un restaurante fusión, y justo estaba en su descanso. Dos intentos y nada, el selector de billetes no funcionaba y entonces comenzó a sonar Perfect day de Lou Reed. Sacó el móvil del bolso, siempre respondía a los números desconocidos, porque suponía que podía ser algo importante como el colegio de sus hijos, el consultorio médico, o aquel ex, nunca se sabe, el único que tuvo. El mismo que se le declaró en un email de mil doscientas palabras, que nunca llegó a leer porque acabó eliminado en spam. Él jamás la creyó.

Primero pensó que era un comercial, a estos los despachaba rápido, al estilo borde-amable y colgaba. Cuando siguió hablando pensó, será una broma. A sus cuarenta y dos le habían pasado ya tantas cosas que sentía el peso de la vida de una anciana de ochenta. Aunque no siempre, porque otras, dejaba salir a esa adolescente que se dejó mucho por disfrutar en el camino.

Nunca le gustaron las sorpresas, ella siempre decía que saber las cosas de antemano, para lo bueno, era felicidad adicional, y para lo malo, era verlas venir. Y es que tuvo que lamentar más que celebrar, en todo aquello que le vino de improviso. Ya ni siquiera daba explicaciones a las personas nuevas que iban entrando en su vida, aprendió a dejarse ir en esa corriente de, soy una persona normal.

-Hola mamá, sabes lo que me ha dicho Pablo, que ha sacado mejor nota en mates porque los chicos tienen más inteligencia espacial. Venga va, si el trimestre pasado saqué dos dieces y el muy chulito me dijo que era porque había copiado -le dijo su hija Sara.

Judith iba haciendo todo con la inercia del día, llevó a la niña a su clase de Aikido, y mientras esperaba a recogerla fue a comprar el material de tecnología, noticia de última hora de su hijo Rubén. Eran muy responsables, dos mellizos de doce años con carácter opuesto, pero que se adoraban y tenían unas ganas enormes de comerse el mundo. Sara soñaba con estudiar turismo, y llegado el momento, irse de intercambio a Australia para quedarse a vivir allí. ¿Por qué tan lejos? ¿No podía desear ir a Bruselas donde en caso de apuro podríamos llegar en un par de horas? Pues no, por lo visto ella pensaba con su afán de independencia, que estaría estupendamente sin su madre.

Y Rubén, él quería estudiar audiovisuales y viajar también, hacer cine, crear. Aspiraciones pequeñas no tenían, a quién habrían salido. No es que Judith no las hubiera tenido, pero sus circunstancias tuvieron muy poco que ver con las de sus hijos. Por ello le alegraba tanto que los chicos pensaran que todo era posible. Ella siempre los miraba con orgullo, mientras se repetía a modo de mantra, lo estoy haciendo bien.

Cuando llegaba Gerard a casa, se lo encontraba casi todo hecho, lo cierto es que se compaginaban de maravilla, él hacía intensivo de tardes en una planta de energías renovables, y ella de mañanas en el restaurante, pero los días le resultaban a veces interminables. Hacía tiempo que se sentían algo más lejos el uno del otro, desde que empezaron abiertamente a recriminarse errores del pasado, bendita sinceridad. Él no supo encajarlo y no dio la talla emocionalmente cuando ocurrió lo del bebé, un primer aborto que los fulminó en sus primeros años de casados. Y ella, en cuanto pudo recuperar algo de aliento, se refugió en sus hobbies y sus amigas, dejando que su relación se fuera congelando poco a poco. Aunque hicieron por entrar en calor y no llegaron a la hipotermia, seguían cuidándose mutuamente y eso les reconfortaba.

Aquella noche Judith reunió a su pareja y a sus dos hijos. Tenía que contarles algo importante, así que después de la cena relámpago, no dejó que se escabulleran como siempre al amparo de sus pantallas.

—Veréis, sabéis que soy de lo más escéptica en muchos sentidos. Pues bien, hace un par de semanas recibí una extraña llamada. No es fácil de asimilar. Una mujer me dijo que había descubierto algo y que debía compartirlo conmigo. Que ella era yo en un mundo paralelo y que, aunque pareciera una locura, tenía pruebas de ello.

—Me sorprende que hayas escuchado a una iluminada que ni tan solo conoces. Pero qué has hecho con tu yo más racional, ese que siempre te recriminaron todos –le dijo Gerard.

—Deja que me explique, que nunca escuchas. Me contó que cuando sueña es todo tan real que le asusta, que es como si estuviera viviendo una segunda vida desde el momento en el que cierra los ojos. Que le ocurren un montón de cosas de una manera bastante ordenada, incluso demasiado para ser información onírica, que sueña con repostería de alta cocina, cuando no sabe ni hacer un huevo frito, y que entonces estuvo investigando, dio con el restaurante, y seguidamente conmigo.

Debo conocerla, por lo menos para hallar una explicación lógica a todo esto. O me pongo a estudiar física cuántica de inmediato, pero las coincidencias hablan por si solas.

—Perfecto, pues vamos a verla y acto seguido te acompañaré a poner una denuncia en comisaría, para saber qué demonios quiere de nosotros esa estafadora, por haberse inventado una historia tan retorcida. A ver si va detrás de la herencia de Alberto -dijo Gerard.

Judith no cabía en su asombro, pero es que aquella mujer le estuvo relatando periodos de su vida, cosas poco comunes que le habían pasado y que muy poca gente conocía, como que en sus inicios Gerard le contaba cuentos de Asimov antes de dormir, o como cuando pensaron que tendrían que criar a un niño burbuja y resultó ser un diagnóstico equivocado. Aquello y mucho más lo había soñado su supuesta doble. No obstante, lo más increíble era que a ella le había sucedido lo mismo últimamente, sueños extraños, muy vívidos, donde no tenía hijos, sino que era alpinista profesional, cuando de hecho, le daba grima el verde y era más de ciudad que el Empire State. Pues resulta que coincidía, tal cual, con la vida real de su otro yo.

Quedaron una mañana, en el barrio gótico, bajo el pont del Bisbe. Ella pensó que así sería más fácil darle esquinazo si algo le daba mala espina, y si por el contrario le transmitía cierta confianza, siempre podrían ir a tomar algo a un lugar público, a un bar de la zona o similar.

Se levantó temprano, se dirigía al encuentro cuando un Altea doblaba la esquina y de poco no la arrolló. Dos calles más allá le caía una maceta que colgaba de un balcón. Gracias a sus reflejos de escaladora, la esquivó. Edurne estuvo al borde de la muerte en innumerables ocasiones: aludes, caídas en grietas… pero a pesar de que le quedaron algunas secuelas, como una rotura de ligamentos mal curada y un meñique fantasma, no iba a acabar con ella una plantita urbana.

No obstante, un camión de la limpieza que andaba regando las calles la adelantó, unos minutos después, pisó un adoquín mal calzado, resbaló y se golpeó la cabeza con un bordillo. Judith llegó sola a la cita y jamás volvió a soñar con ella. El universo no podía permitir, bajo ningún concepto, la convergencia de dos líneas temporales.

sábado, marzo 09, 2024

El café de la estación

Nunca sabe si vendrás o no, y es que solo sale un tren cada 24h. Entonces llegan aquellos minutos críticos en los que su cabeza hace las apuestas. Igual que en las películas, cuando cortan el cable verde o el amarillo y no sabes qué pasará. En ocasiones, ese ladrón de guante blanco te pone en guardia para nada, porque intencionadamente olvidó el detonador.

Cuando no llegas, su mañana a menudo resulta tediosa o exasperante, y ella no cae en la cuenta del porqué. Y es que al igual que algunos hablan y arreglan el mundo, otros crean uno paralelo. Sin embargo, un día te mudarás, y de la misma manera que enseñó a su cuerpo a reactivarse sin cafeína, aprenderá a tener un día redondo sin ti.

-Disculpe, un latte art sin azúcar por favor.

jueves, marzo 07, 2024

Rockstar en la oficina

Llega una hora tarde, cuando entra en la oficina todos le miran con cara de escuchar “había retención en la ronda”, pero en lugar de eso, entra con cara triunfal, como cuando sube al escenario y recibe la atención del público impaciente y las groupies.

Se sienta en su silla, ve los bolígrafos y no lo puede evitar, comienza a tocar con ritmo y gracia, esperando a que el personal se ponga a cantar. Al cabo de dos horas, tiene un buen puñado de facturas para autógrafo con dedicatoria, se las lleva al gerente.

Cuando regresa a su mesa se fundieron algunos fluorescentes, así que enciende luces de pie y flexos de sobremesa, cual focos del estadio, y no puede disimular su déjà vu. Por fin hora de comer, cuando le recuerdan: agua fresca y cola light en la nevera, que esto no es el backstage.

A media tarde va al baño y nadie sabe por qué no regresa, está esperando gritos enloquecidos pidiéndole un bis. Se pone triste cuando llega la hora de marchar y se van antes que él, vaciando la sala, poco a poco y en silencio, como un público desagradecido al que no le gustó la actuación.

Al salir, mira a su alrededor, desolado y roto por la ausencia de cómplices miradas, dobla la esquina cuando de pronto alguien le dice... -Can I have a kiss? Can I have a kiss? -Yeah.

miércoles, febrero 28, 2024

En las alturas

Siempre que tenían algo importante que decidir, salían a la cornisa. No era nada extraño, teniendo en cuenta que se conocieron subiendo tresmiles y que por tanto, ver el mundo pequeño a sus pies les relajaba. Él aseguraba que jamás antes había hecho ascensiones, que tenía cierta resistencia y capacidad innata para trepar. Ella, simplemente se dejó impresionar por quien podía subir, cual cabra montesa, por aristas imposibles.

Sin embargo, aquel día el asunto era más delicado. Silvia había recibido una oferta de empleo muy tentadora en otro estado, a la cabeza de un proyecto experimental que podría lanzar su carrera. Y James no podía abandonar la ciudad, puesto que muchas personas dependían de él. Lo cual, en su conjunto, convertía en imposible su vida en común tal como la habían programado.

Unas horas más tarde…

-Frank, esta vez sí que te debo una, prométeme que jamás le dirás nada. Y te lo ruego, dime que hice lo correcto, la voy a perder, pero sé que le salvé la vida.

El hombre invisible

Me levanto de la cama, sobre las seis y cuarto, después de odiar al aparato inútil que tengo por despertador, no enciendo la luz, estiro el brazo derecho a modo de escudo y con el izquierdo voy buscando la pared y tanteando los obstáculos, que son los de siempre. Así que no debería de darme cada día con la esquina de la cama, ni con la maneta de la puerta, ni tropezarme con los zapatos que dejé anoche junto a la ventana, será para no perder la costumbre de llevar algún moratón encima que olvidaré cómo me hice. Y para rematar, tengo esos malditos vértigos, así que encima voy dando tumbos como si volviera del pub de la esquina un sábado, sí, calculo que a la misma hora más o menos.

Hacer esto cuando tenía compañera de piso, y de habitación, era normal, no quería despertarla una hora antes de su hora extra de sueño, pero ahora no hay nadie a quien molestar, obviando a Greta, que sé que no me lo tendría en cuenta, por las cuatro o cinco siestas que se pega a lo largo del día. Mientras no olvide su lata de salmón con arroz antes de marcharme, me dedica sus primeros ronroneos y todo en orden con ella.

Salgo al trabajo, debido a sus prisas mañaneras, varias personas se chocan conmigo, diría que es porque no soy ni demasiado guapo, ni demasiado feo, ni muy alto ni muy bajo, ni obeso ni flaco, ni visto elegante, ni barriobajero, vamos, el sueño de cualquiera. Pero lo es solo porque no lo saben, cuando estás en el lindar de la mediocridad, no te ven.

Tendría que ser la alegría de la huerta, desde que conseguí aprobar las oposiciones me dedico a lo más bonito que hay, tramitar y otorgar las prestaciones de desempleo para los ciudadanos que así lo requieren. Siendo así, y como no soy ni agresivo, ni dócil, mi tono no es excesivamente fuerte, ni flojo, escucho y dejo hablar, cada uno a su turno, cada día mantengo conversaciones breves, funcionales y superficiales con decenas de personas, para las que no sería muy distinto encontrarse con un asistente virtual holográfico. El día transcurre sin demasiados sobresaltos, de vez en cuando alguien tiene más ganas de hablar de la cuenta y se desfoga conmigo, o algún otro hizo de la ira su traje del día y me avasalló nada más llegar, como si tuviera yo la culpa de que su jefe le hiciera la vida imposible hasta que casi le suplicara el despido. Entonces, trato de contrarrestar la emoción y hago un poco de psicólogo, pero les tengo que despachar rápido porque el resto esperan, y la gente paciente, lo que se dice paciente, no es.

Hoy, como todos los martes y jueves, al salir, fui al gimnasio, nada, lo básico para mantener un poco, tonificar, bueno y no quedarme como un enclenque con barriga cervecera y echarme diez años más encima, que a mis treinta y dos tampoco estamos para salir ya del mercado. Me encontré con mi amigo Eloy, porque efectivamente, tengo muchos amigos, tengo tres, él es uno de los que mantengo de la infancia, creo que seguimos el trato porque le encanta hablar, lo hace sin descanso, y yo no me enfado casi nunca, tampoco tengo ningún afán de protagonismo de contar mis cosas, y ni qué decir tiene que no me pregunta demasiado, la verdad.

—Doy una fiesta este viernes en mi casa, algo sencillo, ya sabes, en mi línea, cenita, música, alcohol, y no más de veinte personas, no acepto un no por respuesta —dijo Eloy.
—Espero que no se repita lo de la última vez, te recuerdo que me tocó separar a un par de tíos que se peleaban por Carla, cuando ella pasaba olímpicamente de los dos, porque sigue con Pablo en la cabeza, hasta que se dé cuenta de una vez por todas, que es por ti de quien está pillada. Pero venga, allí estaré.

A veces pienso, seguramente con acierto, que me invita solo para hacer bulto, y porque queda bien alguien como yo por ahí en medio, ayudando con los aperitivos, saludando, y sobretodo no haciéndole sombra. Porque en realidad es un buen tío, pero es de los que les gusta acaparar toda la atención, lo cual no es difícil cuando eres moreno de ojos vivos, mirada resuelta, y encima sueltas eso de que estudiaste astrofísica, ya casi no necesita mucho más. Bueno sí, ese don para explicar anécdotas, esas que escucho por enésima vez, sin dejar de alucinar de que las cuente siempre como si fuera la primera.

Viernes, llego al trabajo, hoy está todo el mundo más borde de lo habitual, ni siquiera me devuelven los buenos días, me siento en mi puesto, y debe de haber algún problema informático porque el programa está enviando a la gente a todas las mesas menos a la mía. Voy a pasar un ticket de incidencia online, espera, no, por una vez, voy a disfrutar de mi momento, voy a adelantar faena de documentación y dejar pasar la mañana, si nadie repara en ello por qué iba a hacerlo yo.

Voy a casa a comer, la vecina del quinto, la única que habla conmigo, hoy ni me mira, venga va, si llevo esa camisa que me compré en Londres. Me la puse porque era la única que no tenía que planchar, aun así sé que el color verde menta con el pantalón negro me hace incluso atractivo, me atrevería a decir. No me encuentro muy bien, noto como un hormigueo, ya estoy hipocondríaco perdido, para variar. La fiesta es a las siete así que tengo tiempo de comer, y después hasta me voy a echar un rato en el sofá.

He soñado que era un gato y que saltaba por los tejados, hasta que caía por uno y no aterrizaba nunca, entonces desperté, sobresaltado y completamente aturdido. Dormí más de la cuenta. Alcanzo el móvil de la mesa -Eloy, llego un poco tarde pero estaré allí en media hora, ¿hola?, ¿me oyes?

Me ha colgado. Suena, será él de nuevo -¿Hola? Y me cuelga otra vez el tío, ¿pero qué le pasa?

Bueno, voy para allá, aprovecho a entrar justo detrás de un par de chicas que no conozco pero está claro que vienen a la fiesta, saludo, no me responden, es más, casi me dan con la puerta en las narices. Voy a la cocina -¿Os ayudo con esas bandejas? Si esto es una broma, empieza a no tener gracia.

Cojo una cerveza y la dejo caer adrede, se ponen a recogerla sin decirme nada ¡No me ven! ¡No me oyen! Voy al baño, el espejo me devuelve una cara desencajada, ¿qué está pasando?, ¿me he vuelto loco? Entro en una habitación, ahí está Carla con Eloy, no espera, es Mauro, -Carla, ¿has visto a Eloy? Siguen a lo suyo, salgo corriendo de la casa, miro a mi alrededor, me planto en la carretera, se pone el semáforo en verde y los coches aceleran, aceleran sin piedad, fundido en negro.

Siento un gran dolor por todo el cuerpo, pinchazos, presión en la cabeza, olor a sangre, estoy tendido en el suelo. Alguna vez pensé, divagando, que las personas que se sienten a menudo invisibles, un día simplemente se evaporan y nadie repara en ellas, porque no trascienden, únicamente dejan de existir, y desaparecen.

domingo, febrero 25, 2024

Las mejores propinas

Esa pequeña criatura se hospedaba en un singular hotel boutique del centro. Cada noche, su menester consistía en recoger las pesadillas de los huéspedes, arrojarlas al averno y reemplazarlas por gratos sueños. De esta manera, los clientes siempre salían de allí del todo satisfechos, dejando las mejores reseñas y propinas. 

En cuestiones oníricas, se había encontrado de todo. El otro día, un hombre veía a una dulce mujer sentada en un sofá y de pronto se transformaba en un terrorífico ente. Sin ir más lejos, ayer, una niña era perseguida al atardecer por un payaso hasta llegar a la playa, allí se escondía bajo los muelles mientras se le salía el corazón del pecho de las intensas palpitaciones que le producía la situación. Otro chico, el de la 109, se sentía perdido en una gran ciudad, deambulaba entre altos edificios hasta que cogía unos ascensores subiendo a gran velocidad y justo cuando pensaba que iba a morir fletado al espacio, estos le dejaban en lugares que no encajaban en absoluto con lo que se esperaba. 

En fin, que allí donde los miedos se convertían en rocambolescas metáforas, aparecía, les daba una vuelta de tuerca, los solucionaba y adiós pesadilla recurrente que arruina las vacaciones. No obstante, él, que hasta entonces dormía de día y nunca soñaba, un viernes se despertó sobresaltado, condenado a revivir todas aquellas atrocidades. Desolado, pidió auxilio a su mentor, el cual le dijo: quien pasea mucho por el infierno corre el riesgo de quedarse atrapado en él.